¿Habrá esperanza?

¿Habrá esperanza?

Mayo 26, 2019 - 06:55 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizábal

Le disparan desde todos lados: sus beneficiarios reclamando la guerra, sus opositores exigiendo que se elimine, los jueces afectados por los ideologismos y de espaldas a la gente, los defensores descalificando a quienes se oponen. Es el acuerdo con las Farc que se va quedando sin contenido a pesar de su importancia como un primer paso para alcanzar la reconciliación y el respeto por el Estado en Colombia.

El primer gran error fue haberlo asimilado como la paz y la forma descarada en que el entonces presidente Juan Manuel Santos lo usó para reelegirse y pasar por encima de algo que estaba claro: aunque la inmensa mayoría de los colombianos deseaban una negociación, casi todos rechazaban a las Farc por sus crímenes y el daño que habían causado. Y en vez de hacer el deber de vincularlos a la solución, decidió dividirlos entre buenos y malos.

Así se politizó el acuerdo y se convirtió en bandera partidista para descalificar a quienes lo criticaban y entregarle todo a quienes lo respaldaban. Por eso creció la polarización entre un gobierno que no escuchaba y una oposición que en muchos casos llegó a extremos innecesarios, lo cual desgastó el esfuerzo de muchas personas que actuaron con honradez y tesón admirables en la búsqueda de un acuerdo para terminar con la guerrilla más antigua del mundo.

El resultado fue que más de la mitad del país le dio la espalda, como se vio en la abstención del 62,59% en el plebiscito de octubre de 2016. Y en el 50,23% de los que votaron por el No, lo que no fue respetado por quien debía ser el primero en respetarlo, el Presidente de la República. Entonces negociaron algunos cambios con quienes eran los líderes de los partidos de oposición, como si fueran ellos los representantes de esa mayoría silenciosa que no votó.

La consecuencia es la debilidad de un acuerdo que se desvanece sin respaldo popular, pese a los intentos por mostrarlo como irreversible. Desde la Justicia Especial creada para legalizar las concesiones hasta los incumplimientos del gobierno que lo usó para reelegirse y las vacilaciones del actual, todo ha demostrado que la paz no era un propósito nacional sino apenas una bandera partidista para mantener o alcanzar el poder.

Ahora recibe otro golpe: ‘Iván Márquez’, el jefe de la delegación de las Farc, el negociador, el político de esa organización repudia el acuerdo, evoca a ‘Tirofijo’ y el regreso a las armas. Sin explicarlo, no ejerce su deber de representar a su nuevo partido en el Congreso, se esconde y desautoriza a la Justicia que él y sus compañeros inventaron para que los juzgara.

Y los enemigos de cualquier negociación claman de nuevo la venganza y descalifican a quienes no piensan como ellos mientras los que explotan la paz insisten en dividir entre buenos y malos a los colombianos. Por eso la indiferencia crece, el país se cunde de narcotráfico, resurge el paramilitarismo y aumentan la violencia y la ausencia de un Estado que imponga el orden.

¿Habrá esperanza? Sí, si se le da espacio a posiciones como la de ‘Timochenko’ quien ratificó el compromiso de renunciar a la violencia y mantenerse en el debate democrático. Y si nuestros líderes y gobernantes son capaces de rectificar, de rechazar los extremismos y de convencer a los colombianos que la paz es un asunto de todos, que hay que buscarla, que hay que cumplir la palabra, que no es propiedad de unos pocos ni puede seguir en medio de la disputa entre quienes a uno y otro lado descalifican a los que no comparten sus prédicas.

Sigue en Twitter @LuguireG

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