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El suicidio

Mayo 23, 2021 - 06:55 a. m. 2021-05-23 Por: Luis Guillermo Restrepo Satizábal

Como si no existiera conciencia sobre lo que está aconteciendo y el daño que nos estamos causando, los colombianos estamos llevando nuestro país al abismo. Y destruimos la democracia.

Ahora, y a consecuencia de la debilidad de las instituciones, de la sordera de los mandatarios y del egoísmo de muchos de quienes fueron elegidos para darle vida a la ley como árbitro de la sociedad, el suroccidente colombiano está bloqueado. Y lo que fue el ensayo que acorrala a Cali con los paros y las asonadas, con los ataques armados que arrasan supermercados y siembran el miedo, es ahora una realidad que al parecer ya no puede modificarse.

Esa tolerancia que le sirve al alcalde Ospina para tapar el desastre que produjo a la ciudad y lleva a su antecesor, Maurice Armitage, a declarar como bueno el que “los estratos 5 y 6 de Cali se angustien”. Ese par de personajes parecen no entender que quien está desesperada es la gente de escasos recursos que pierde sus empleos, padece la violencia y no puede defender su modo de vida ni recurrir siquiera al rebusque porque ya no hay que vender ni a quién venderle.

El cáncer se regó en el Valle, ante la mediocridad del gobierno departamental empeñado en conseguir firmas de los que montan retenes y cobran peajes. Yumbo, Jamundí, Cartago, las carreteras que son territorio de nadie. Y Buenaventura por donde se mueve el 60% de las importaciones y exportaciones del país, padece el vandalismo y la toma de los túneles en la vía hacia Loboguerrero. Con razón, su alcalde dijo “estamos a pocos días de entrar en un caos total”.

El efecto es una parálisis que aterra. La industria azucarera, la avícola al borde de un cataclismo, los cafeteros, los comerciantes, la salud, el transporte público, el suministro de combustibles, todos golpeados y recibiendo el impacto de la falta de autoridad y de liderazgo. Y tanto el Alcalde de Cali como la Gobernadora se empecinan en evadir su responsabilidad de aplicar la ley y orientar nuestra sociedad para sacarla de la incertidumbre.

Frente a ellos está una alucinante muestra de irresponsabilidad que impide cualquier posibilidad de que el Estado responda al desafío de la anarquía y defienda a la sociedad. Ahora, y por arte de los temores, la indecisión y el populismo, es imposible para el Presidente de la República aplicar los mecanismos que le da la Constitución para hacer prevalecer el orden que necesita nuestra sociedad. Y las minorías mandan con un paro que ya nadie respalda y se ha convertido en disculpa para sitiar a los ciudadanos, mientras la clase política se pelea a dentelladas sus cuotas de poder, aprovechando la estremecedora debilidad del Gobierno.

Sin liderazgos claros, sin norte y sin brújula, es como si estuviéramos condenados al atraso y a la anarquía que reemplaza la democracia con un paro que sirve de excusa para sembrar la violencia, el miedo y la pobreza.

Como si no quisiéramos actuar contra la parálisis que nos decretaron quienes se proclaman amos de un paro destructor. Como si estuviéramos resignados a aceptar el suicidio como la manera de resolver una crisis, es decir, arrasar lo que hemos construido.

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El próximo martes se ha convocado una marcha para exigir el derecho al trabajo y a las libertades que nos están arrebatando las vías de hecho. Hay que estar ahí.
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