El posconflicto ya empezó

El posconflicto ya empezó

Septiembre 11, 2016 - 12:00 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizábal

Supongamos que ya se firmó el acuerdo definitivo con las Farc, que ya fue aprobado el plebiscito y que entramos al nuevo mundo del posconflicto. Entonces preguntémonos qué sigue. Y miremos lo que está ocurriendo en el sur del país y en el Pacífico. Allí encontraremos la verdad de ese posconflicto que ya empezó. Es la desenfrenada invasión del narcotráfico en todas sus fases y expresiones. Desde la siembra hasta la exportación, pasando por la reubicación de los integrantes de las bandas que lo explotan ante los ojos de un Estado que no quiere ver. Como ejemplo está la situación que padece Tumaco. En sus alrededores han crecido la siembra de coca, los laboratorios para procesarla y los embarcaderos que inundan sus costas. No en vano la captura de cocaína en el mar ha crecido, aunque conocedores afirman que no se alcanza a decomisar ni el 50% de lo producido. Así, mientras la Fuerza Pública muestra orgullosa el aumento de los decomisos, los narcos se ríen porque es mucho más lo que pueden sacar. La clave está en que las hectáreas sembradas de coca pueden llegar a cien mil según el nuevo Fiscal General, y a más de ciento cincuenta mil de acuerdo con otras fuentes. Es decir, la materia prima abunda y la ausencia de autoridad se siente. Y frente a ello, el Gobierno, sus consejos y comités, no atinan a establecer una política seria para detener el desastre que se está cocinando. Y nada hace el Ministro de Medio Ambiente que representa al Pacífico y sabe de la destrucción que esa realidad produce desde Nariño hasta el último metro de su Chocó nativo. ¿Quiénes son los dueños? Las Farc en primer lugar, que con la columna Daniel Aldana tiene el poder de fuego para controlar el negocio en Tumaco, junto con las organizaciones criminales y el ELN. Ellos negocian en conjunto con los carteles mexicanos y manejan el menudeo en Colombia, además de destruir el medio ambiente. Ahora, los de las Farc se están cambiando los uniformes por los del ELN o se visten de civiles. Pero no abandonan los fusiles ni el terror que ejercen en Tumaco, que inunda de coca el campo y de drogas a las ciudades y los pueblos. Todo está igual, incluida la ceguera y el silencio del centralismo que no quiere saber de la violencia que renace en todo el país. Nadie allá quiere reconocer que lo que está sucediendo es la reiterada demostración de impotencia para ejercer la soberanía en todo el territorio nacional. O de voluntad para hacerlo. En el aparte del narcotráfico del acuerdo de La Habana, lo que se hace es casi que delegar en las Farc la responsabilidad de erradicar los cultivos ilícitos que ellos se han encargado de crecer, mientras la Fuerza Pública está amarrada y no puede combatirlos como lo hizo cuando la combinación narcotráfico y guerrilla hizo del nuestro un Estado fallido. Por eso duele que sigamos trenzados en un debate inútil sobre las fumigaciones a los cultivos ilícitos, mientras la ilegalidad ensancha su dominio territorial mediante la siembra de coca. Eso es causado por la ausencia del Estado que no ejerce la autoridad y parece incapaz de ofrecer algo distinto al asistencialismo para resolver el atraso y la pobreza de la provincia colombiana. Eso lo saben en Bogotá, dos mil seiscientos metros más cerca de las estrellas. Sólo que allá están dispuestos a cualquier cosa, a silenciar incluso los reclamos de quienes padecen ese posconflicto en Tumaco, con tal de no aguar la fiesta del acuerdo con las Farc.

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