El país del cambio

El país del cambio

Julio 07, 2013 - 12:00 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizábal

“Todo cambia para que nada cambie”, parece ser el lema del Estado colombiano durante los últimos treinta años. Con lo cual se expresa el facilísimo, con el cual se maquilla la poca o ninguna disposición de entender las transformaciones sociales y económicas para poner a los poderes públicos al servicio de los ciudadanos.Lo que está ocurriendo en La Habana es el reflejo de esa especie de fetichismo en que caímos desde el momento mismo de la independencia, consistente en echarle la culpa a la ley de nuestros males y cambiarlas como solución. Me explico: bastó que se abrieran las posibilidades de diálogo para que los voceros de las Farc se apropiaran, sin ningún esfuerzo, de los temas nacionales, convirtiéndolos en su discurso eterno, con el cual pretenden mostrarse como los voceros de la inquietud.En su perorata diaria piden lo mismo que todos estamos ya cansados de exigirle a la clase política: que se reforme la justicia, porque lo que tenemos hoy es un aparato enorme y anquilosado, atrapado por el clientelismo y de espaldas a las necesidades de la Nación. Un aparato que se niega al cambio y se suicida en luchas intestinas por el poder y las prebendas, mientras la impunidad impulsa la justicia por mano propia y la demora en fallar y hacer cumplir los fallos destruye la credibilidad del poder judicial, garantía de paz para cualquier sociedad.Que se cambie la manera de hacer política para acabar con la corrupción y darle una verdadera representación a la provincia. En fin, que se cambie el poder legislativo por que como está sólo sirve para satisfacer las ambiciones de la politiquería y la corrupción.Y piden que se acabe con esa concentración de poder en el Ejecutivo, absurda y demoledora de la democracia. Que se acabe el centralismo voraz que hace que el presidente de la República se meta a resolver hasta el asunto de los paseos millonarios y de los taxistas en Bogotá, mientras los gobernadores y alcaldes son convidados de piedra, dedicados a administrar las quiebras dejadas por la manguala obligada con asambleas y concejos que hace rato perdieron su razón de ser.Así, todo el mundo depende del Presidente, quien puede ser reelegido y usar el poder casi absoluto. Como defensas tenemos entidades de control que figuran más por su capacidad de estar en los medios de comunicación que por su efectividad en guarda de los asuntos públicos. Basta preguntar cuántas condenas hay por el escandaloso festín del municipio de Cali y de la gobernación en los últimos diez años.Y queda la guerrilla, símbolo de la ilegalidad con la cual convivimos y que ahora se apropia de los temas nacionales. Es otra institución de dinosaurios que también se niega a cambiar porque arriesga a perder el poder que le da su capacidad de asesinar, de extorsionar, de causar daño, que le permite sentarse cada cierto tiempo en una mesa de negociación que nunca termina en nada pero le permite presentarse como vocero de una transformación que nunca llega.Si alguien le preguntara a la gente si el cambio es necesario, la respuesta a favor sería clamorosa. Pero también se sabría que ese cambio no es sólo de las leyes ni nace de negociaciones como la de ahora en La Habana, si no de actitudes que permitan construir un país justo y respetuoso de la ley. El resto, la retórica de las Farc y el centralismo que asfixia y se mantiene repartiendo prebendas y subsidios, sólo empuja hacia la desigualdad y el descontento con el Estado de Derecho.

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