El mismo perro

El mismo perro

Noviembre 25, 2018 - 06:55 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizábal

Sumidos en el debate sobre la corrupción y la imposibilidad de sancionar a sus autores, no podemos ver hasta dónde ha llegado el mal comportamiento de algunos que se proclaman defensores de la moral para hacer populismo. Es como si la ley tuviera excepciones para quienes se apropian de la palabra oposición para evadir sus responsabilidades.

Lo descubierto en el escándalo de Odebrecht y el contrato de la Ruta del Sol 2 está llegando a dimensiones que en cualquier parte demandarían la creación de una instancia para establecer la verdad de manera rápida. Se trata de evitar los daños que causan la confusión y el manejo mediático, en el cual se pierden las líneas de responsabilidad y se satura a la opinión pública, llevando al desinterés que ocasiona el dar vueltas a un problema sin resolverlo.

Llevamos dos semanas aguardando la definición sobre el Fiscal Ad Hoc que se requiere para continuar la investigación sobre las maniobras de Odebrecht y las responsabilidades que les cabrían a sus socios. Y nada. ¿Cuánto más debemos esperar para que se garantice la transparencia necesaria para mantener la credibilidad en el Estado de Derecho?

Misterio. Cómo es de misteriosa la manera en que Gustavo Petro ha logrado evadir su obligación de responder por los desastres que produjo cuando fue alcalde de Bogotá, donde gobernó a la manera chavista y causó cualquier cantidad de problemas. Compró carros de basura que no se usaron, infartó el servicio público de recolección de basuras para luego volver a contratar con quienes acusó de corruptos y rebajó tarifas del Transmilenio sin tener facultades para ello.

El resultado fueron sanciones de la Contraloría de Bogotá, la Procuraduría General de la Nación y la Superintendencia de Industria y Comercio por hechos que atentan contra los bogotanos y contra el patrimonio del Distrito Capital. Llevamos seis años y Petro sigue sin responder por multas que superan los doscientos mil millones de pesos.

Pero puso a los procesos a dar vueltas en los tribunales, inventando la tutelatón con la cual trabó sin ninguna vergüenza el funcionamiento de la Justicia cuando fue destituido por la Procuraduría. Esa destitución terminó en la Corte Interamericana de Derechos Humanos que emitió una de las más aberrantes sentencias, basada en argumentos políticos que fueron acatados sin que el Gobierno de entonces se atreviera a rechazar el infundio.

Valido de la debilidad del Estado, Petro se tomó la bandera de la oposición y capitalizó el descontento contra la corrupción y la política tradicional. Aprovechó el “olor de muchedumbre” del cual habló Gaitán para cubrir de impunidad los desastres que causó en la alcaldía de Bogotá.

Ahora, el Consejo de Estado revive las sanciones y lo pone en evidencia, recordando su infausta trayectoria. Y Petro recurre a llamar a la protesta pública para negarse a cumplir la ley que juró defender y a pagar lo que debe por sus malos actos como servidor público.

Pero además reconoce su culpa en un tweet, informando que si queremos que pague lo que debe tendremos que votar por él: “si el pueblo me elije su presidente, la pagaremos antes de la posesión con ayuda de la sociedad”. ¡Viva la revolución que socializa las multas!

Ese es el símbolo de la transparencia que quieren vendernos mientras promueve cuanto desorden sea posible. Como decía un amigo, es el mismo perro, el de la decadencia y la inmoralidad que corroe al establecimiento que él combate, con distinta guasca.

Sigue en Twitter @LuguireG

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