El debate de los odios

El debate de los odios

Septiembre 21, 2014 - 12:00 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizábal

Nada bueno dejó el debate propuesto por el odio del senador Iván Cepeda contra los odios del senador Álvaro Uribe. De todo lo hablado durante diez horas, sólo quedó claro que la ausencia de justicia en los últimos 30 años está entre las principales causas de la violencia. Había que ver el gozo infinito de Cepeda cuando soltaba sus acusaciones contra Uribe. Esa mirada turbia y amenazante del Senador que jamás ve un crimen en los actos de las Farc, despedía llamaradas cuando pasaba las páginas del libro que servía de guion a su maltrecha presentación audiovisual. Para mostrar lo mismo de siempre, los hechos y los testigos gastados con los cuales acusa de paramilitar y narcotraficante al expresidente de la República, los cuales le sirven porque la Justicia, o mejor los jueces que politizaron la Justicia, no han fallado, o aclarado o definido.El odio de quien no oculta sus intenciones de censurar la prensa ni sus afinidades con la guerrilla, fue precedida de la actitud del Senador al cual le montó un debate de control político, algo insólito en cualquier democracia y sólo explicable por la actitud del presidente de la Comisión, que al final salió chamuscado. En efecto, el senadorexpresidenteexgobernador pidió permiso para ausentarse e ir a la Corte Suprema de Justicia a presentar o ampliar sus denuncias por calumnia y difamación. Y se fue, dejando su vocería en Paloma, José Obdulio y la senadora hermana de Joselito Guerra. Y después de que terminó Cepeda, regresó para descargar su odio contra el promotor de la celada patrocinada por Jimmy Chamorro, el cristianopolítico. Odio que extendió contra el Gobierno, al cual calificó de ilegítimo y acusó de organizar el tinglado. Respondió las acusaciones de Cepeda, quien no parece tener otro objetivo en la vida que desacreditarlo, y llenó de acusaciones y sospechas a todo aquel que se atreviera a decir algo contra él, incluido el ministro Cristo, secretario en la campaña de Ernesto Samper que recibió la plata de la mafia.Entonces se vio el afán de Cepeda, de Chamorro, hasta de Hollman Morris que no tenía velas en el entierro pero aprovechó el papayazo, por irse a la Corte Suprema a denunciar a Uribe por lo mismo: por injuria, calumnia y falsas imputaciones. Es decir, el Senador que creó al Centro Democrático y antes había originado el partido de la U, dio mal ejemplo. Y siguió el mal ejemplo de su contrincante al mostrar un rostro desencajado y furioso cuando acusaba a diestra y siniestra. Fueron tres horas tensas y de grandes decepciones. Lo demás, las otras siete, fue un desfile de defensores de Uribe que se estrenan en sus curules aunque algunos como José Obdulio son conocidos de autos. Y de defensores del gobierno encabezados por los restos del samperismo y el proceso 8.000, además de una senadora que ya es famosa por sus insultos y sus odios. Nada más. Nada digno de reconocimiento. Ningún aporte distinto a la intención de criminalizar la opinión política que se expresa en el Congreso. Por eso la decepción es general. Se perdió la oportunidad de hacer el debate que esperábamos todos los que lo vimos por tv. A cambio se oyeron las rencillas y los odios que empequeñecen la política colombiana e impiden recuperar la credibilidad en lo que todavía llamamos el “Estado Social de Derecho”.

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