El cinismo descarado

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El cinismo descarado

Febrero 23, 2020 - 06:55 a. m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizábal

Si quiere encontrar la razón por la cual la política se envileció y destruyó su credibilidad, mire la declaración de Ernesto Samper Pizano ante la Comisión de la Verdad. Allí encontrará cómo el cinismo reemplazó los valores que simboliza un Presidente de la República y se convirtió en la forma de gobernar.

Las historias de Samper y el narcotráfico en la política no empezaron con su campaña. Ocho años antes, como gerente de la campaña de Alfonso López Michelsen, él manejó la convención liberal que se realizó en el hotel Intercontinental de Medellín. Pregunte quiénes asisitieron a esa conveción y qué pasó en las suites del hotel.

Luego, cuando fue candidato y veía su inminente derrota en la segunda vuelta, apareció la plata del cartel de Cali. ¿Quién la llevó? ¿Quién autorizó su ingreso? ¿Cuál fue la relación de Samper con Elizabeth Montoya de Sarria, la ‘monita retrechera’, cabeza de la mafia que le daba regalos?

Ahora, frente a la Comisión de la Verdad, Samper terminó como una víctima más. De los militares, del embajador de los Estados Unidos, de los conspiradores, de cualquiera que se atreviera a cuestionar la manera en que usó el dinero de los narcos para ganar, a como diera lugar, las elecciones de 1994. Y fue capaz de afirmar que en su campaña no hubo acuerdo con sus financiadores pese a que fue grotesco ver las cajitas llenas de billetes amarradas con cinta color morado y repartidas por sus amigos en avionetas por la Costa Atlántica.

¿De dónde salió la plata? Lo contaron el periodista Alberto Giraldo, el tesorero de su campaña Santiago Medina, su gerente Fernando Botero y muchos de los congresistas y jefes que lo secundaron. Todo lo señalaba a tal punto que en el Congreso se armó el operativo para absolverlo dirigido por el presidente de la Comisión de Acusaciones de la Cámara, Heyne Sorge Mogollón.

Y Colombia vivió los cuatro años más desmoralizadores de su historia, con un presidente dedicado a defenderse que permitió que los gringos hicieran lo que quisieran. Por eso no pudo cumplirle al cartel de Cali. Mientras tanto, una Fuerza Pública desmoralizada recibió las peores derrotas y las peores humillaciones: centenares de soldados y policías fueron apresados por las Farc y varios de sus generales sindicados de nexos con el narcotráfico y sus visas a Estados Unidos fueron suspendidas.

Y asesinaron a Álvaro Gómez por denunciar la podredumbre del régimen. Pero según las declaraciones de Samper frente al padre Francisco De Roux, él fue la víctima. Ahora dice que Gómez era su amigo y que lo mataron por negarse a participar en un golpe de Estado contra la porquería que gobernaba a Colombia.

Nada de reconocer que esa corrupción estaba feliz de tener un presidente que entregaba todo para mantener su puesto. Y de aceptar que se desató la persecución del régimen contra quienes denunciaban, asesinando a varios contradictores, entre ellos Álvaro Gómez y Gerardo Bedoya.

El 24 de enero de 1996, un editorial de El País pidió la renuncia de Samper. Al otro día, Carlos Wolf, entonces gerente del Instituto de Seguros Sociales y condenado por corrupción, suspendió la pauta oficial en el diario. A los pocos días le aventaron la Dian dizque para revisar la contabilidad.

Ese fue el periodo de cinismo más aberrante que recuerde Colombia. Fue el legado de Samper que arrasó con la ética en la política nacional. El resto son sus mentiras ante la Comisión de la Verdad.

Sigue en Twitter @LuguireG

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