Escuchar este artículo

Derechos preciosos

Junio 20, 2021 - 06:55 a. m. 2021-06-20 Por: Luis Guillermo Restrepo Satizábal

A pesar de la soledad en que se encuentran, quienes decretaron el paro nacional no lo levantan. Y Cali sigue siendo escenario del vandalismo que aprovecha la falta de autoridad política con legitimidad suficiente para detener la barbarie.

Lo del paro es el absurdo más grande que recuerde la historia de Colombia. Aprovechando la indignación que produjo una reforma tributaria mal elaborada y peor presentada, quienes desde hace tres años decidieron desconocer la democracia desde sus reductos sindicales y desataron una ofensiva para tratar de suplantar las instituciones y dictar el futuro del país.

Pero no lo consiguieron. Fracasaron en su intento de arrodillar al gobierno, pretendiendo mostrarse como el nuevo poder que representaba a quienes salieron a protestar. Quedó claro entonces que solo representaban a sus pocos amigos y se desnudaron las enormes divisiones que tiene su movimiento y las ambiciones electorales de algunos de sus líderes.

Y su movimiento se murió en medio de famélicos desfiles y de reuniones eternas en las que los sesenta jefes se sacaban los ojos. Pero quedaron la destrucción que los violentos causaron, la desilusión de muchos tanto con el establecimiento como con los líderes del paro, el crecimiento del desempleo y la pobreza y la incertidumbre que ronda a muchos colombianos.

Entonces los dirigentes del paro se desvanecieron sin levantarlo. Es decir, convirtieron al paro en partido político. El paro por el paro, el paro que no lleva a nada, el paro estéril que abusó de la inconformidad y la protesta social para tratar de sustituir el Estado de Derecho, aprovechando la casi inexistencia de los partidos y dirigentes políticos que con pocas excepciones se dedicaron a tratar de sacar dividendos de la fragilidad aparente en que se encontraba el gobierno.

Todos perdimos. Mientras los colombianos tratan de regresar a sus trabajos a pesar de la amenaza del Covid-19 y el gobierno se recompone solo y en medio del hastío por los desastres causados por el paro, las evidencias demuestran que el papel que deberían cumplir la política y sus dirigentes como correa de transmisión entre los ciudadanos y el Estado, ya no existe.

Lo que queda es el clientelismo que se apropió de la política, convirtiéndola en un negocio que se renueva en cada elección como pasa con el alcalde Ospina y la aplanadora que mangonea el Concejo Municipal. Por eso se producen fenómenos como el de Cali, donde el vandalismo y la violencia siguen haciendo fiestas, quemando buses del MÍO, atracando, cobrando extorsiones y bloqueando las calles, justificándose en una protesta que ya no existe. Sus cabecillas, que saben de la incapacidad del gobierno municipal y la organización que lo respalda para representar y orientar a los caleños, desatan la furia que deja decenas de asesinatos cada fin de semana.

Así regresamos a la realidad. Al parecer, el paro nacional continúa porque sus jefes no reconocen su fracaso, y sigue el dominio del clientelismo sobre Cali y el Valle, el que permanece mudo ante la tragedia que viven caleños y vallecaucanos. Y en la calle, la gente hace esfuerzos por volver al trabajo a pesar de que le destruyeron el transporte público, de que la amenazan y extorsionan en los bloqueos mientras las sombras del narcotráfico y la violencia cubren a su región.
Y según el alcalde Ospina, “bloquear es un derecho precioso”. ¡Qué horror!

Sigue en Twitter @LuguireG

Obtén acceso total por $9.900/ trimestre Suscríbete aquí
VER COMENTARIOS