De vuelta a la realidad

De vuelta a la realidad

Agosto 12, 2018 - 06:55 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizábal

Luego de los discursos de despedida y de bienvenida, de posesión, de lamentos, de cuentas de cobro y de esperanzas, toca volver a la realidad.
A esa que muestra dos países en uno dividido por la delincuencia que en la práctica ha creado un paraestado basado en la violencia, y otro que debe enfrentar el desafío que significa la mezcla de terror y falta de oportunidades en la provincia.

Siete policías secuestrados en el Chocó, el Cauca y el Catatumbo nos están recordado que la situación es muy otra a la que nos quisieron vender con la ofensiva publicitaria más grande que se ha realizado en la historia de Colombia. Con ello queda patente que los violentos siguen empeñados en imponer su ley, impulsados por doscientas treinta mil hectáreas de coca y no se cuántas de amapola y de marihuana.

Ese mar de ilegalidad fue posible por la actitud equivocada de quienes, en su propósito de aplacar la violencia, interpretan el mandato popular como el poder para transar la autoridad y la ley con cualquier delincuente. De quienes sacaron adelante normas con las cuales pretendieron entregarle todas las facilidades del mundo a las bandas del horror, llámese Farc, Eln, Bacrim, clan del golfo, o lo que sea, con tal de lograr la foto que los mostrara como los héroes.

Y fue impulsado por quienes amarraron a la Fuerza Pública y limitaron su capacidad de respuesta a discursos y disculpas. De los generales que aparecen de vez en cuando para anunciar que a los criminales “les caerá todo el peso de la ley”, haciendo eco a las arengas de un Ministro y un Presidente que anunciaron millones de veces su propósito de “actuar con contundencia”, mientras en silencio transaban y negociaban. Es la muestra de su distancia con los problemas que golpean con saña a los provincianos del Pacífico, o del Catatumbo, donde se hicieron los de las gafas con la alianza del narcotráfico nacional con los militares y gobernantes de Venezuela.

Ahora tenemos siete soldados y policías secuestrados, lo que los convierte en botines políticos para negociar con el Gobierno. A pesar de que conocen la verdadera situación en ochenta municipios del país, y en las zonas invadidas por los cultivos ilícitos, sus superiores en la Fuerza Pública no les advirtieron del riesgo que corrían al transitar por las carreteras, aunque fueran vestidos de civiles. Es decir, se creyeron el cuento de la paz plena de la publicidad oficial.

Ahora, el Eln, al cual le han ofrecido todos los honores y las concesiones posibles, a pesar de las decepciones, califica de retenidos a quienes tiene secuestrados. Andan en La Habana, aprendieron de las Farc y no sería raro que nos mandaran videos de esos funcionarios en campos de concentración, como hacían el funesto ‘mono Jojoy”, sus compañeros y camaradas.

Y están las disidencias de las Farc que han montado un cerco alrededor de Cali. Son los que llaman “grupos residuales”, eufemismo tenebroso que encubre la amenaza del narcotráfico y el poder de destrucción y de terror que se ha extendido desde el Pacífico, pasa por el Naya, llega a Jamundí, Suárez, Santander de Quilichao, Caloto, Corinto, Padilla, El Palo, Guachené y Padilla, donde mataron al comandante del puesto de Policía.

Esa es la herencia real, muy distinta al río de riquezas y de paz del que hablan la publicidad del pasado gobierno y sus despedida. Es la amenaza que se vive en la provincia, construida por años de letargo y apaciguamientos.

Sigue en Twitter @LuguireG

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