Contra la muerte

Contra la muerte

Junio 30, 2019 - 06:55 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizábal

El día en que despertemos, que cambiemos el morbo por el rechazo, el día en que seamos solidarios y recuperemos el concepto de la vida como el valor fundamental de esta sociedad. Ese día, podremos decir que de verdad somos una sociedad amante de la paz y civilizada.

Las imágenes de las víctimas ya no nos conmueven. Empujados por un periodismo que ya llega a límites escabrosos, los colombianos nos acostumbramos a escarbar la vida de la víctima y a encontrar el error por el cual fue asesinada. Entonces ya no condenamos a los autores, sacralizados como oficinas de cobro o sicarios, o lo que sea, nos preocupa más imaginarnos las malas acciones de la víctima que rechazar el crimen y condenar a sus autores.

Por eso es tan fácil matar en Colombia. Tantos muertos, tantas masacres, tanto desprecio por la vida, nos está convirtiendo en seres insensibles. Y así como era imposible imaginarse qué harían ‘Tirofijo’, ‘el Mono Jojoy’, ‘el Paisa’, ‘Sangrenegra’ o ‘Chispas’ sin la violencia, también sería imposible imaginarse qué sería de nuestro periodismo sin la muerte.

Es el morbo que destruye la solidaridad social contra el horror de los asesinatos. Es el pecado de aceptar el homicidio como un protagonista normal de nuestra vida cotidiana, que aparece en los noticieros, que está en las primeras páginas, que domina las conversaciones.

Nada de salir a protestar como sociedad contra el asesinato y exigir castigo ejemplar para que no se repita. Se trata de hundir más el cuchillo en la víctima para encontrarle su falla antes que castigar al victimario, a quien le hacemos un análisis sociológico, sicológico y político para darle el perdón y la casa por cárcel antes que sancionar su conducta y exigir la reparación.

Pero no nos cansamos de hablar de paz y de usarla con sentido político para criticar al gobernante de turno, o al policía. Nada de exigir ante todo respeto por la vida y de impedir que los niños se acostumbren a ver la muerte de seres humanos como algo de común ocurrencia, o de usar los púlpitos para recuperar ese valor sagrado ( ¡No matarás!, dice el quinto mandamiento. ¿Se acuerdan?).

En nuestra sociedad, la muerte se mete en las casas a través de la radio, de la televisión, de los periódicos, del internet, donde un periodista busca a la esposa o al esposo o a la mamá o al hijo de la víctima para preguntarle: “Usted ¿qué sintió con el asesinato de su ser querido? Es un rito que se convirtió en el desayuno, el almuerzo y la comida, ante la impotencia de las autoridades para detener el río de sangre que nos hace imposible vivir en paz.

Y la Justicia mira para otro lado como si estuvieran en otro mundo, mientras los obispos tratan de ganar protagonismo y de rescatar los fieles perdidos por el catolicismo interviniendo en política. Y los dirigentes políticos buscan cómo negociar con los criminales a pesar del daño que causan al lavar las manos de quienes asesinan u ordenan los asesinatos.

Es la muerte que rodea a la sociedad colombiana un fantasma con el cual convive. Parece que perdimos la capacidad de asombro frente al enemigo que no rechazamos, con el cual dormimos y despertamos cada día, poniendo en duda a la víctima, preguntando a quién, por qué y qué hizo para que lo mataran.

Ya basta de tanta retórica inútil. En Colombia, el castigo a los autores de la muerte tiene que ser un deber y la vida de un ser humano debe estar por encima de cualquier consideración si queremos ser un país respetable y en paz.

Sigue en Twitter @LuguireG

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