Así no se puede

Agosto 23, 2020 - 06:55 a. m. 2020-08-23 Por: Luis Guillermo Restrepo Satizábal

Parece increíble: cuando se necesita la unión, cuando es necesario ponerse de acuerdo para remar hacia el mismo lado y sacar adelante a Colombia de la confusión y los peligros que enfrenta, la división absurda, los personalismos, el silencioso y efectivo leguleyismo se conjuran para sembrar el odio.

La democracia es ante todo la posibilidad de gobernar y dirigir un país por métodos pacíficos que tengan en cuenta las diferencias. Y es fuerte cuando los ciudadanos de ese país la respetan y la ponen por encima de sus intereses y de sus rencillas, sean ellas personales o políticas. Por el contrario, se debilita y se pone en riesgo cuando el poder y la dirigencia son usados para deslegitimar la autoridad de la Ley, para impedir que el Estado de Derecho defienda a todos por igual y para dividir de manera casi irremediable a la sociedad.

Eso es lo que nos está pasando. Nunca en nuestra historia habíamos tenido una situación como la que nos ha producido una parálisis de cinco meses que destruye empleos, que deja miseria, que arruina las arcas públicas, limitando la capacidad del Estado para responder al desafío. Y nunca como ahora, ese Estado, preso de un centralismo enfermizo y las peleas de la clase dirigente trenzada en los personalismos, parece impotente para ejercer la autoridad, defender la vida y enfrentar la violencia y el narcotráfico en la mitad del territorio nacional.

La consecuencia de ello es la división estéril y destructora. No es ni siquiera la oposición legítima y el derecho a expresar los puntos de vista en la controversia sana que alimenta esa democracia. Es el afán de causar daño o de pasar cuentas de cobro, o de defender a los gobernantes y sus partidarios con argumentos que desconocen ese respeto que necesitan las reglas de juego, las leyes, para que el Estado de Derecho no sea una simple entelequia.

Por el medio de esa división pasan los que con paciencia agudizan las contradicciones para socavar la legitimidad de las instituciones, usando la misma democracia para destruirlas. Los que manipulan las leyes, apoderándose de la palabra paz para lograr que exministros y figuras del acontecer nacional firmen cartas debajo de quienes hicieron la peor de la violencias y ahora se niegan a decir la verdad ante la justicia especial que les crearon. O los que, al otro lado y en defensa de los gobiernos y sus partidos usan los mismos instrumentos y convocan casi que a la rebelión contra los órganos judiciales, hoy hundidos en el descrédito.

Y está esa justicia, manoseada por la política y la Cidh y manipulada por los rencores y la ineficiencia. Ese árbitro de la sociedad está hoy en el centro de la división y es utilizado para ahondarla, mientras quienes la administran no llegan a donde debe ser, no pueden actuar con equidad y son parte del debate político, incapaces resolver los conflictos y castigar a los delincuentes para impedir que el crimen golpee al ciudadano común.

Así estamos. Por eso, el enemigo de esa democracia no es la polarización sino la indiferencia que destruye la confianza del ciudadano común y lo aleja de las instituciones que deben defenderlo de la violencia y la confusión sembrada por quienes saben que en la división está la clave para derrumbar las libertades y la democracia. Lo peor sobreviene cuando ese Estado de Derecho se queda solo y no responde a las necesidades de los ciudadanos.

Así no se puede.

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