La tragedia siria

La tragedia siria

Septiembre 23, 2016 - 12:00 a.m. Por: Liliane de Levy

Dentro de cuatro meses Barack Obama se irá de la Casa Blanca, abandonando a Siria a su mala suerte, inmersa en una guerra civil que lleva más de cinco años y que, sobre su macabra marcha contabiliza más de 500 mil muertos y millones de desplazados. Una tragedia de enormes consecuencias (crisis de los migrantes entre otros) que no vislumbra el más mínimo rayo de esperanza. Y, también el mayor fracaso de los muchos que la política exterior de la administración Obama tiene que reconocer y asumir. En su intervención ante la 71 Asamblea de las Naciones Unidas, Obama (Nobel de la Paz en el 2009) habló largamente de democracia, de populismos y de la nostalgia de un mundo menos violento; como si no fuera el patrón de la única superpotencia mundial y en parte responsable de lo que pasa a nuestro alrededor. Habló como cualquiera de nosotros, impotentes ante tantos absurdos, pero guardo un pesado -y ensordecedor- silencio sobre la situación que se vive en Siria. A duras penas la mencionó para decir que en este desgarrado país, “una victoria militar es imposible y se debe perseverar en el difícil trabajo diplomático”. Se refería, obviamente, al fracaso del laborioso intento de su Secretario de Estado, John Kerry, para negociar con Rusia una frágil tregua de solo siete días que permitiría a rusos y norteamericanos unirse para neutralizar a las tropas extremistas del Estado Islámico (EI) y del Frente Al Nusra (una filial siria de Al Qaeda) y así abrir el camino de una paz duradera. Un fracaso anunciado desde un principio debido a la caótica confusión sobre el terreno y a que nunca logró asignar a un monitor autorizado que vendría a observar, censurar y castigar su violación. También a que solo quiso involucrar a los militares del gobierno de Bashar el Assad (que apoya Rusia) y a los rebeldes llamados “moderados” (apoyados por Estados Unidos). La frágil tregua se sostuvo cinco días -con centenares de trampas- hasta que se registraron problemas mayores como los bombardeos sobre Alepo (atribuidos al gobierno de Damasco); el mortífero ataque aéreo norteamericano sobre campos militares sirios (aparentemente un error); el bombardeo de ambulancias transportando heridos y -el más grave- que sucedió el lunes: el salvaje bombardeo de un convoy de 31 camiones que llevaban ayuda humanitaria a ciudades cercadas; mató a 20 trabajadores sociales civiles y destruyó más de 18 camiones con cien toneladas de medicinas y comidas. Washington atribuyó la atrocidad a los militares sirios y a los rusos que la niegan. De inmediato, Damasco declaró terminada la tregua y la guerra se reanudó con todo su furor.Ahora Estados Unidos busca revivirla en Nueva York, en plena Asamblea de la ONU y con la participación de 20 países y organismos mundiales ‘amigos’, reclamando un cese de actividades de los aviones sirios y la posibilidad de armar a los kurdos para luchar contra el EI (corriendo el riesgo de irritar a Turquía). Ojalá lo logren ya que una tregua, incluso tramposa, es mejor que una guerra abierta y caótica. Es menos violenta, causa menos muertos y menos destrucción. Sin embargo en el caso específico de Siria, es víctima de profundas divisiones. En estos momentos y ante la magnitud de la tragedia Estados Unidos y Rusia buscan que los combates cesen. Un interés común pero con propósitos políticos diferentes que complican toda posibilidad de paz. Se sabe que Estados Unidos siempre quiso poner a las partes involucradas en el conflicto sirio a negociar una paz que se pactaría sobre la imperativa salida del presidente Bashar el Assad. En cambio Rusia siempre apoyó a Bashar el Assad y defendió su permanencia en el poder sobre cualquier otra alternativa. Irán también apoya a Bashar el Assad y respaldaría la voluntad rusa en caso de una negociación de paz. El dilema anada al problema. Y al pesimismo también.

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