Ángela y los migrantes

Ángela y los migrantes

Septiembre 06, 2018 - 11:35 p.m. Por: Liliane de Levy

La canciller alemana Ángela Merkel es la líder política más respetada del mundo. Y lo merece. Calmada, moderada, sensata, siempre bien hablada y exitosa en todo lo que emprende para su país.

A lo largo de trece años de gobierno (y en su cuarto mandato), Alemania gozó de una tranquilidad y prosperidad envidiables. Pero durante los últimos meses, el ‘país donde es bueno vivir’ comienza a dudar de la buena gestión de su Canciller. Parte de su población considera que su política de ‘asilo’ peca de excesiva bondad e ingenuidad y perjudica al mismo ciudadano alemán. En realidad el problema de los migrantes va en aumento y divide a toda Europa. Ellos llegan en masa y su absorción en la sociedad europea se vuelve a ratos imposible.

Alemania cargó con el mayor bulto desde que Merkel decidió recibir a más de un millón, con la perspectiva de recibir otros millones a la hora de la reunión de familias. Desde entonces la admirada Canciller está siendo criticada y rechazada por muchos. Con o sin razón, la culpan de un aumento en la criminalidad en todo el país. Violaciones, robos y asesinatos cometidos por inmigrantes suscitan malestar y cólera. Y como en todo pagan justos por pecadores, las calles alemanas se llenaron de protestas en contra de la decisión oficial de abrirles las puertas muy grandes.

El caso más reciente y violento se registró en la ciudad de Chemnitz (cerca de la frontera checa) convertida en símbolo de la nueva oposición a la Canciller. Se trata de una pequeña ciudad con solo 240 mil habitantes que salieron a denunciar el asesinato de un alemán de 35 años, el domingo 26 de agosto, por dos inmigrantes, uno sirio y el otro iraquí, responsabilidad aparentemente bien sustentada pero todavía no confirmada por las autoridades competentes. Sin embargo, desde este día las manifestaciones antiinmigrantes en Chemnitz acaparan los medios y vienen respaldadas por pequeños partidos de extrema derecha como el AFD, abiertamente racista y xenófobo.

En los desfiles de protestas se vieron saludos nazis y cruces gamadas, de lúgubres augurios. Y en el parlamento alemán, el AFD ya cuenta con un capital de seguidores que representa alrededor del 20% del organismo. Sus diputados explican: “Cuando el Estado no puede proteger a sus ciudadanos, los ciudadanos salen a protegerse a sí mismos”. Un mensaje que abiertamente favorece la fuerza contra el derecho y que Ángela Merkel condena por su gran contenido de violencia, sin lograr detener su contagio.

En efecto, el mismo mensaje y por las mismas razones resuena en toda Europa. En Italia llegó al poder con un Matteo Salvini incontrolable; en Francia amenaza desde el partido de Marine Le Pen; en Hungría y Polonia se vuelve el lenguaje oficial e incluso en Suecia, Dinamarca y Noruega se expresa sin disimulo. Y lo peor (e irónico) es que la izquierda radical comienza a incluirlo en sus programas de gobierno para recuperar a los adeptos que la derecha radical les está arrebatando.

En Alemania, el recién nacido partido Aufstehen (De pie) de Sahra Wagenknecht, líder de la extrema izquierda, se proyecta “socialista y nacionalista”, al igual que Los insumisos en Francia, o Podemos en España, y por lo tanto acepta que no todos los manifestantes contra la política de apertura a los migrantes son fascistas sino que, en su mayoría, son ciudadanos lesionados e ignorados y toca escucharlos.

“Chemnitz muestra que necesitamos renovar”. dice Sahra Wagenknecht. “Quien abusa de la hospitalidad no tiene derecho a la hospitalidad”, afirma otro diputado de la extrema izquierda alemana. Definitivamente, los extremos se juntan y con el complicado problema de los inmigrantes, se convierte en evidencia.

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