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¡Ya!

Mayo 29, 2015 - 12:00 a.m. Por: Laura Posada

Hace unos meses realicé un taller de opinión con estudiantes de grado 11 y me sorprendió gratamente no sólo la calidad de sus textos, sino su preocupación por el mundo en el que se desenvuelven. Por ello y porque a sus 16 años su trabajo le mereció una publicación en una importante revista digital en Alemania, comparto hoy las valiosas reflexiones de Mateo Fortich sobre la amada y odiada instantaneidad. “Cuando oigo hablar sobre los “buenos tiempos”, pienso en la década de los 50. Mujeres con vestidos de lunares y peinados a lo Marilyn Monroe y hombres con gomina, moviéndose al son del rock & roll. Algunos recordarán los buenos tiempos como una época en la que el trabajo duro recompensaba a los que se esforzaban. Un buen proyecto implicaba ir a la biblioteca; comunicarse con alguien significaba ir hasta su casa; para informarse había que sucumbir ante la rutina de despertar, caminar y recoger el periódico. Todos hacían lo necesario para alcanzar sus metas sin importar el esfuerzo que éstas requerían. Ahora todo se ha facilitado exponencialmente. Hemos caído en la cultura de “lo quiero ya”. En 2009, el científico inglés Stian Reimers condujo un experimento en el que se ofreció a un grupo de personas la posibilidad de ganar 45 libras en tres días 0 70 en tres meses. La mayoría eligió la primera opción. Reimers concluyó: “La investigación muestra que las personas con una actitud impulsiva de querer dinero hoy, ignoran el futuro en todos los sentidos”. Estamos cegados por nuestro deseo del placer inmediato, sin pensar en lo más mínimo en las consecuencias. Nos rendimos si lo que buscamos no está en Google. Todo lo tenemos a mano gracias a internet, por lo que no lo considero inútil, pero sí es un agente incapacitante para muchos. Ya “no somos capaces” de levantarnos e ir a la biblioteca; “no somos capaces” de hablar con alguien personalmente; “no somos capaces” de esperar o siquiera de pensar. Buscamos resultados inmediatos. Las relaciones entre personas ya no tienen el encanto romántico que expresa Goethe en ‘Werther’. Cada roce con su amada era un pecado para él y él la adoraba no para tenerla físicamente, sino para compartir una relación intelectual. Una cita no es como antes. Ahora los novios están sentados a lados opuestos de la mesa y chatean entre sí, sin conversaciones ni miradas. Ni hablar de la complejidad del vasto lenguaje español, que se ha reducido a frases degradantes como: “ola ke ase”.Son increíbles los avances en tecnología y ciencia; sin embargo, la infinidad de teorías sobre nuestro origen siembra dudas. ¿Quién soy? Nuestras creencias son puestas a prueba. No critico las convicciones, pero ahora con tantas verdades, quizás ninguna en realidad lo sea. Cada día vemos otra teoría acerca de nuestro origen, por lo que cada vez es más difícil asumir una identidad. Los avances son, entonces, un retroceso.A todo logro lo acompaña un sacrificio. Esta es la lección que he aprendido al ver las maravillas que nos trae internet con la inmediatez de sus servicios. Maravillas que muestran su desventaja cuando nos volvemos esclavos de ellas. Pero no es sólo internet lo que nos hace mal, la falta de identidad y una actitud conformista lo han facilitado. La cultura del “lo quiero ya” ha sido nuestro declive. Volver a “los buenos tiempos” requiere de control y paciencia.Me preguntan cómo concibo el mundo así. Y es que estoy preocupado. Tantos años de errores y logros han sido desterrados al olvido. “Los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla”, afirma el escritor Marco Tulio Cicerón. ¿Estaremos tomando estas palabras a la ligera? Todas nuestras faltas y crímenes cometidos volverán a nosotros en algún momento. ¿Cuándo nos daremos cuenta de esto? Si lo que queremos es un cambio real, para eso sí debemos empezar a actuar ya”.

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