Una función descuidada

Una función descuidada

Enero 15, 2015 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

La nariz es un órgano subestimado. Nos preocupa más su estética que sus funciones, y respirar más que oler. La función olfativa es algo tan secundario que apenas pensamos en ello. Consideramos espantoso perder la vista, por ejemplo, y se habla de ello con frecuencia pero nadie teme perder el olfato, mal que recibe el nombre de anosmia. He reflexionado sobre esto y concluido que tiene que ver con la invisibilidad de los efluvios. Los olores son invisibles dos veces. Primero, son tan invisibles como el silencio o como un sí bemol, con la desventaja de que la música tiene un vocabulario muy rico, un largo repertorio de sustantivos para nombrar los sonidos y unidades para medirlos y teorías para conversarlos. Segundo, los olores son verbalmente invisibles porque no tienen nombres. Y como nuestra realidad es gráfica y verbal, lo que no pueda ser visto o nombrado es como si no existiera. Todo esto convierte el mundo de los olores en el capítulo más inédito de las sensaciones.El lenguaje aún no logra atrapar los olores y debe recurrir siempre, para nombrarlos, a la fuente odorífera, o a un símil, o a una perífrasis. Así decimos huele a gas, a quemado, a tierra mojada, a eucalipto, a pan caliente, lo que es tan pobre como señalar, para nombrar las, las cosas con el dedo. Poseemos, en cambio, palabras precisas para nombrar los colores sin hacer referencia a los objetos que los poseen, y sabemos clasificar los infinitos matices del espectro luminoso en sólo siete grupos, cosa que debemos agradecer por igual a la agudeza de la vista y a los físicos. Los músicos han organizado los sonidos del mundo en graves y agudos, los han diferenciado con timbres, ‘colores’, bemoles y registros, y medido con tonos, octavas, compases, corcheas y decibeles. Aunque sin gozar de tanta precisión léxica, el tacto y el gusto disponen de clasificaciones atinadas y de vocabularios generosos: lo pegajoso, lo granulado, lo suave y lo áspero, lo flácido y lo firme, lo terso y lo rugoso, lo viscoso y lo fluido; lo ácido, lo empalagoso, lo amargo, lo dulce, lo salado, lo crocante, lo suave, lo burbujeante, el cuerpo, el bouquet, el espíritu (obsérvese que estos adjetivos no señalan las cosas con el dedo: nombran cualidades en abstracto, sin necesidad de mencionar el nombre de las cosas).La función olfativa no cuenta, todo hay que decirlo, con un órgano tan desarrollado como el ojo o el oído. El olfato no distingue matices con tanta fineza como el ojo, ni es capaz de orientarnos como el oído: cuando percibimos un olor la nariz no sabe decirnos de dónde provine. Esto tiene serias desventajas: por ejemplo, no sabemos de donde proviene ese olor a gas, o a bazuco, que estamos empezando a percibir; pero también tiene sus ventajas: nos permite tirarnos un flato en público con total impunidad. El oído, por el contrario, casi siempre sabe indicarnos en cuál dirección está la fuente sonora (el oído sólo se confunde cuando la fuente está en un punto equidistante de las dos orejas). El olfato es insensible a olores leves y lo embotan fácilmente los fuertes. Quizá cuando los perfumistas, el cromatógrafo de gases y los futuros nasólogos hagan con los olores lo que han hecho los físicos y los pintores con la luz, y los físicos y los músicos con el sonido, y los poetas descubran para cada olor su verdadero y antiguo nombre, quizá entonces pueda el lenguaje nombrar con precisión el mundo de los olores. Ese día oleremos mejor.

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