Papel y caos

Papel y caos

Julio 31, 2019 - 11:55 p.m. Por: Julio César Londoño

Los útiles de un escritor son numerosos: clips, lápiz, dos computadores, memorias, grapas, mesa, corrector, borrador, etc., pero mi preferido es el trapito de limpiar el polvo. Es humilde y utilísimo y no ostenta marca alguna. El papel es importante, claro, pero abrumador. Como dijo una escritora famosa, “amo escribir; lo odioso es el papeleo”.

El que haya intentado organizar una biblioteca sabe que es una labor imposible. Siempre hay unos libros tan altos que no caben en ningún anaquel, unas hojas oficio que asoman la lengua por fuera de las carpetas carta, unos diplomas que no merecen el honor de la marquetería pero que tampoco nos atrevemos a doblar ni a botar, y muchos volúmenes que no sabemos dónde poner: la Suma teológica de Santo Tomás, ¿es filosofía o religión, tomismo o mera camándula? La novela histórica, ¿es una versión poética de la realidad o ficción a secas? Las crónicas del periodismo literario, ¿son datos sesgados como todo el periodismo, o hechos rigurosamente semiciertos?

Todo límite es poroso. Como nadie ignora, vistas de cerca las rectas zigzaguean y los trazos ‘nítidos’ son en realidad líneas de sombra. De manera que soñar con definiciones precisas es tan ingenuo como buscar un código penal sin resquicios o un lenguaje puramente lógico, matemático, donde no quepan las ambigüedades ni las paradojas.
Sigamos: ¿los haikús son un cuento chino o un paquete chileno como Bolaño? ¿Chinoiseries, japonecedades o una suerte de acertijos sofisticados, como los minicuentos? Y además de sofisticado, ¿qué es en últimas el minicuento: el haikú de la narrativa o preceptos zen de Occidente? ¿Un dinosaurio embutido en un dedal? ¿Trípticos dibujados en la cabeza de un alfiler? ¿Onanismo sacro?

A Whitman (“yo me canto y me celebro a mí mismo…”) lo tengo en la sección poesía, claro, pero igual cabría entre los libros de alta autoestima, con Ernest Hemingway, Henry Miller, Truman Capote y otras celebridades de la narcisa literatura americana.

La Biblia puede estar codo a codo con San Juan de la Cruz, por libros como El cantar de los cantares, o con Memorias de una geisha, por la misma razón, pero también cabe en ‘cuentos’, por narraciones tan extraordinarias como las del Éxodo, o en ‘terrorismo’, por el Apocalipsis, o en ‘tratados inmorales’ por las historias de Job y Abraham (un patriarca es torturado por Jehová; otro es embriagado y encuerado por sus hijas) o entre la literatura fantástica como quería Borges e incluso en el anaquel de religión, por qué no. Al fin y al cabo, si hurgamos un poquito todo es religión, como todo es cultura, política y poesía, incluidas la poesía erótica, la ecológica y la sapiencial.

Nota: el texto sapiencial es un discurso acrítico, cerrado y moral. Y poema que se respete encierra un mensajillo. Ergo, la poesía es sapiencial, id est, literatura de superación. Superación en verso.

Ulises, En busca del tiempo perdido, La divina comedia y en general esas obras que todos empiezan y nadie termina, deben ir en una estancia aparte cuyo dintel advierta en sucinto latín: Que abandone toda esperanza el que entre aquí.

Y las encíclicas papales, esas que exaltan la pobreza y maldicen el capitalismo salvaje, ¿las ponemos a la izquierda o a la derecha de la biblioteca? ¿Los manuales de economía van en las ciencias duras o en las herméticas?

Como ves, caro lector, si comprar libros es cosa de ricos, ordenarlos es labor de sabios.

P.S.: La Plana volverá en enero por sabáticas razones.

Sigue en Twitter @JulioCLondono

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