Oiga, mire, lea

Oiga, mire, lea

Septiembre 05, 2018 - 11:55 p.m. Por: Julio César Londoño

Continúa de manera exitosa el Oiga, mire, lea, el festival internacional que organizan anualmente la Gobernación del Valle y la Biblioteca Departamental, y que supera sus logros en cada edición.

El sábado asistí a dos conversatorios. El primero lo protagonizaron Mario Jursich y el exministro de salud Alejandro Gaviria, que vino a presentar su libro Hoy es siempre todavía. No me hice muchas ilusiones porque sabía que abordaba sobre su experiencia como sobreviviente del cáncer, un tema tan excitante como una conferencia sobre las patologías coprológicas del Libertador, digamos, pero asistí porque Gaviria no es un paciente cualquiera. Es capaz de batirse contra William Ospina en los sutiles terrenos del ensayo, o librar batallas suicidas contra las multinacionales farmacéuticas, o contra el mismísimo linfoma no Hodgking, y salir victorioso.

Y no decepcionó. Demostrando que tiene un sentido del ridículo bien calibrado, no cantó himnos de superación personal ni incurrió en la desvergüenza del testimonio patético. Leyó poemas ajenos, habló de los libros que lo acompañaron durante el tratamiento y de la soledad del ateo (Gaviria no es creyente) y dijo que la muerte es una potencia necesaria porque le da valor a la vida. “Si fuéramos inmortales, el primerbeso y el último tendrían el mismo sabor”.

Después vino la intervención de una de las estrellas invitadas, Juan José Millás, Premio Planeta de Novela 2007, traducido a 23 idiomas, etc. Su charla resultó gratísima porque este español mantiene con las palabras una relación neurótica y muy divertida.

La literatura moderna es irónica porque es un oficio de ángeles caídos, como Bucowsky. Lo practican personas descreídas porque es imposible ser optimista después de Auschwitz, las guerras, el calentamiento, los refugiados y otras lindezas). Los libros de Millás también son irónicos pero dejan un regusto diferente porque guardan un delicado equilibrio entre el cinismo y la ingenuidad.

De sus cuentos del sábado, el mejor fue el de la mosca. Millás está trabajando una mañana y de pronto siente ganas de una cerveza. Se contiene porque nunca bebe en las mañanas. Sigue trabajando pero la imagen de una cerveza helada y espumosa vuelve a su mente una y otra vez hasta que se rinde. Cuando abre la nevera, una mosca sale volando y Millás lo comprende todo: la mosca aprovechó su alcoholismo y lo trabajó de manera sostenida y telepática para evitar una muerte segura.

P.D.: El sábado a las 4:00 p.m. conversaré en la Biblioteca Departamental de Cali con Carlos Patiño y Pilar Quintana sobre los peores polvos de la literatura. De paso, discutiremos algunos de los misterios del sexo: ¿Por qué nos obsesiona tanto el viejo y traqueteado ‘metisaca’? ¿Cuándo diablos caerán los tabúes sexuales? ¿Por qué resulta más erótico el vecino en crocs que el marido en frac? ¿Quién es el responsable de ese estúpido error de diseño que puso el erotismo en la calle y en la casa apenas el cariño? Si los hombres son tan culiprontos y ellas tan retrecheras, ¿con qué criaturas desfogan ellos el culiprontismo? ¿Es verdad que ellas ven menos porno que los hombres? Si el tamaño sí importa, ¿pesa más la longitud o el grosor? Si el ser humano es una criatura romántica, ¿por qué lo enloquecen las aventuras? ¿Es verdad que todos buscamos alguien digno de ser amado… para traicionarlo?

Estos son los interrogantes que atacaremos el sábado sin pudor ni disfunciones.

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