Las palabras y los días

Las palabras y los días

Septiembre 04, 2014 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Los gramáticos más notables de la lengua española son, en su orden, el venezolano Andrés Bello, el colombiano Rufino José Cuervo y el español Antonio Nebrija. Nebrija es importante porque hizo la primera gramática española en 1492. Es decir, descubrió y compiló las reglas que subyacían en el castellano de cada día, e introdujo el orden en esta parcela verbal justo cuando sus compatriotas inauguraban el caos mundial con la cruz y la espada, con sus carabelas y su ambición. Antes de Nebrija, la normatividad de la lengua española era computable en cero. Al punto que, para redactar la suya, Nebrija tuvo que inspirarse en gramáticas latinas. Cuervo escribió el Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana, el mayor tratado sintáctico de la historia: ocho tomos gordos con ejemplos de uso tomados de ocho siglos de literatura española y americana. Contiene muy pocas palabras, principalmente verbos y preposiciones. El estudio de la preposición “a”, por ejemplo, ocupa 32 páginas. Para hacernos una idea del tamaño de su obra, recordemos que Cuervo dedicó cuarenta años de su vida a la redacción del Diccionario. Murió en París cuando iba por la letra D. “Murió lejos de Bogotá… y de la Z”, dice el pérfido Fernando Vallejo. Para concluir la obra, para redactar los dos tercios faltantes, fue necesario el patrocinio de dos Estados y un magnate, y los desvelos de un equipo de cuarenta filólogos trabajando durante cuarentidós años. Mejor dicho: la Septuaginta, la edición de las Escrituras de los 70 sabios, es como un pie de página de los ocho pesados tomos del Diccionario de Cuervo. Con todo, Cuervo y Nebrija son, comparados con Bello, dos aplicados notarios de la lengua, y sus obras son el resultado de una paciencia beatífica, mientras que la obra de Bello es una suma exacta de inteligencia, filosofía y sensibilidad. Allí donde la gramática de la Academia utilizaba nombres oscuros (por ejemplo “pretérito imperfecto”), Bello inventa una nomenclatura transparente: “copretérito”, es decir, un tiempo verbal que alude a una acción que coexiste con una acción pretérita. “Justo cuando me bañaba, sonó el timbre”. Pero Bello no usa ejemplos de columnista, claro. Él dice: “Copérnico descubrió que la tierra giraba en torno al Sol”. Y añade: “Podría tolerarse gira (Copérnico descubrió que la Tierra gira en torno al Sol), pero entonces no veríamos por entre la mente del astrónomo el giro eterno del planeta”. En las lenguas, donde los tratadistas solo ven sistemas mecánicos y convencionales, Bello veía organismos delicados: “Un idioma no es un corpus arbitrario de signos sino la manera como un pueblo cifra la realidad, conjura sus miedos y proyecta sus sueños”. Le molestaba la polisemia (las varias acepciones de un vocablo), pero entendía que todo obedecía a una fatalidad matemática: “…la necesidad de nombrar infinitas ideas y cosas con un arsenal finito de nombres”.Sabía que su libro no iba a ser de buen recibo en la península: “No tengo la pretensión de escribir para los castellanos —dice en el prólogo de su gramática—, escribo para mis hermanos de Hispano-América”. En efecto, a los españoles les costó mucho aceptar que la biblia del español fuera obra de un indio venezolano. Al fin se rindieron ante la evidencia. Hoy, la gramática de la Real Academia Española usa muchos conceptos suyos y pone, a regañadientes, y debajo de la ampulosa nomenclatura española de los verbos, la inteligente y sencilla nomenclatura de Bello.

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