La pena máxima

La pena máxima

Septiembre 08, 2016 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Hace 200 años regía en el mundo entero la pena de muerte. En Europa, por ejemplo, era un espectáculo para todos los públicos. Los padres llevaban a sus hijos a ver las ejecuciones y el patíbulo era el centro de una fiesta con saltimbanquis, fritangas y vendedores ambulantes. Se lo consideraba un acto aleccionante. Los reyes ejecutaban plebeyos que se salían de la fila. Ladrones, asesinos, evasores de impuestos, rebeldes, tesoreros caídos en desgracia, esposos de señoras bonitas. Luego los plebeyos ricos degollaron a los reyes. Así, cortando por lo sano, la burguesía inventó la democracia y empezó la era contemporánea.Hoy las cosas han mejorado un poco. De los 193 Estados pertenecientes a la ONU, 141 no aplican la pena de muerte. El 80% de las ejecuciones registradas en 2015 se produjeron en Irak, Irán y Arabia Saudí. La pena ha sido abolida por dos razones: porque es irreversible y porque atenta contra un tabú universal: la sacralidad de la vida. De tarde en tarde, señores piadosos piden que se reimplante la máxima pena para eliminar de la sociedad individuos que cometen actos infames, por ejemplo los homicidas. Pero los juristas alegan que asesinar a una persona por asesina no tiene presentación. Con el agravante, para el Estado, de que el asesino pudo obrar bajo circunstancias atenuantes. Pudo delinquir por desesperación, por enajenación mental o cumpliendo órdenes superiores, mientras que el Estado lo matará fríamente, sin odio y con dosificación científica. Es decir, sin atenuantes, con alevosía y premeditación.Para seguir saciando su instinto asesino, y resolver de paso asuntillos de poder, la humanidad recurre hoy a las guerras, ese abismo de la razón, esa insania donde el homicidio es bien visto y el homicida es un héroe.En Colombia no hay pena de muerte, pero se aplica con entusiasmo, sin sellos ni formulismos, y la Justicia no resuelve nada, ¡ni siquiera un homicidio cometidos dentro de un avión, como el de Pizarro! El Estado es capaz de exterminar un partido político completo, como lo hizo con la Unión Patriótica, o a miles de personas humildes, incluidas varias con deficiencias mentales, como el genocidio que se conoce con el matemático y frío nombre de ‘falsos positivos’. Su contraparte no se queda atrás. Las Farc son capaces de secuestrar miles de personas, tenerlas en condiciones cruelísimas durante años y luego ejecutarlas sin miramientos, como hicieron con los once diputados del Valle, y alegar, muy ufanos, que los móviles de sus vilezas son nobilísimos.Un día (Dios aprieta pero no ahorca) las facciones en pugna deciden parar al fin esa orgía de sangre. Hacen concesiones al enemigo, como se ha estilado siempre en todas partes. Las Farc conceden lo impensable: reconocer la autoridad del Estado, entregar las armas, concentrarse en campamentos vigilados y reducir a una sola “todas las formas de lucha”. El Estado les da diez curules y promete que hará lo que hace años debió hacer: desarrollar el campo y afinar los mecanismos de participación democrática.Algunos pensamos que el solo hecho de silenciar las armas ya es un avance enorme y votaremos por el SÍ. Otros quieren la continuidad de la guerra, es decir, la perpetuidad de la pena máxima para colombianos de estratos 1 y 2. Pero hay una franja amplia de indecisos, personas que recelan de los políticos y de los guerrilleros por igual. A esas personas está dirigida esta columna.Sigue en Twitter @JulioCLondono

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