El pulso de Armando Barona

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El pulso de Armando Barona

Julio 25, 2013 - 12:00 a. m. Por: Julio César Londoño

En una antología reciente de la poesía colombiana, encuentro una constante fatal: la tentación de la quejumbre. Hay mucha queja y poco valor en el gremio de los poetas plañideros. No voy negar el dolor, como hacen los mercachifles de la superación personal, pero sí creo legítimo exigir que el poeta llore sin hacer berrinche. Ya sabemos que los campos de Colombia están encharcados de sangre, pero es un error decirlo en prosa merengue, como cualquier columnista. Si quiere hacer denuncias, que sea en verso, como en un poema de José Zuleta que está hecho solo de sustantivos: “Mapiripán, Carepa, Bojayá, Mitú, Patascoy, Catatumbo, Las Delicias, Corinto, Barrancabermeja, Ralito…”, dice Zuleta, y engarza decenas de bellos nombres en un sartal macabro, y no dice más. Algún trabajo debe hacer el lector, ¿no? El poeta debe ser recio, a lo Alma Fuerte: “Procede como Dios, que nunca llora… o como Satán, que nunca reza”.Nadie pide que el poeta sea “como esos relojes de sol que solo miden las horas felices”; está bien que mida con clepsidra de lágrimas todo el dolor de la historia y del mundo, pero añada, por favor, una blasfemia capaz de poner una sonrisa en los labios del Demonio, o una plegaria capaz de aplacar las iras de Dios. Ya lo dijo Bukowsky: “Los poetas no son los que más sufren pero sí son los que más se quejan”.En el otro extremo del espectro, está el poeta arrogante. La masa es estúpida, vil, ignorante; solo él, vate ungido, es digno de todo. Armando Barona también es arrogante y recela del prójimo y lo desprecia, pero sabe sorprendernos después: “Empero, he gastado mis ojos y mis fuerzas, como Diógenes, buscando con la luz de una lámpara a un hombre de verdad… que tampoco encuentro en mí mismo”. (Fragmento de Ah, el almanaque, que hace parte de Poemas sobre el viento, el último libro de Armando Barona).El poema a la muerte de su padre está escrito de la única manera que pueden cantarse estas desgracias, es decir, con emoción contenida, tragándose el dolor, sofocándolo con altas dosis de buena sintaxis: “Los cirios bordean el precipicio de la vida/ y una luz parpadeante ilumina su rostro irreal, ausente/ sin color, pálido y frío como una azucena de olvido/ o como la resaca de risas perdidas después de la tormenta”. Nada escapa a su ojo entrenado: “El árbol muerto/ levanta las manos/ con la ocre pesadumbre/ de los viejos molinos”.Como los mejores, Barona sabe que el poema termina en la cabeza del lector: “Tu talle se me escurre como el agua”, dice, y no dice más. Para qué. “Escipión arruga el ceño/ y Cartago es destruida”. Y no dice más. A Vincent van Gogh le dedica un largo poema: “Los demonios huían por períodos largos/ pero regresaban sin anunciarse/ y levantaban con mayor firmeza/ la apoteosis del caos/ le hacían hervir la sangre/ y doblegaban el espíritu manso/ del amante de los azules intensos/ los amarillos y naranjas de las tardes plenas de silencios”. El mar no puede faltar en un libro suyo: “Al alba de otro día/ veo las luces primeras/ de una bahía que no ha dormido/ sonámbula entre brumas de historia”.P.D.: Armando Barona presentará Poemas sobre el viento en la inauguración de la sede de la agencia de publicidad El Bando Creativo el próximo jueves.

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