El gran hombre medita

El gran hombre medita

Noviembre 21, 2018 - 11:55 p.m. Por: Julio César Londoño

Allí está, en el centro de cuatro anillos de seguridad, el gran hombre, la encarnación de la Justicia. Menea el vaso. Tintinean los cubos de hielo. El primer whisky le ha dejado un regusto amargo, fino y amaderado pero amargo, y se pregunta si el poder vale la pena. Le echa una mirada al WhatsApp. 345 mensajes. Allí está la crema del país. Están angustiados. Gritan. Tiemblan. Imploran. Saben que su suerte depende del genio del gran hombre. Él sonríe. Así quería verlos. ¡Perros!

Claro que el poder vale la pena, concluye, y toma un sorbo largo que le sienta mejor. La nota de roble está acentuada y el amargo le hace un contrapunto exquisito. Los gruesos cristales de las ventanas solo dejan pasar las luces de la ciudad que duerme allá abajo, a sus pies, literalmente.

De pronto un pensamiento estremece su cuerpo y hace tintinear el vaso.
¿Y si estos perros se reúnen y deciden sacrificarme? ¿Si mi teoría de la conspiración termina siendo cierta? El poder es una mierda, marica. Es otro mito, como todo. Los hombres pasan, las corporaciones quedan. Los logos son lo único que cuenta.

Escarba en su memoria y siente orgullo de su trabajo.

El país me debe mucho. A cuántos corruptos he mandado a la cárcel. ¡Más de mil! Y así me pagan. ¡Imbéciles! Fui yo quien abrió la investigación de Odebrecht. Yo descubrí que el torcido no era de 30 millones de dólares sino de 60. El muerto nunca me dijo nada. Trató de hacerlo, me llamó pero yo lo paré, le dejé en claro que la Fiscalía no habla por celular sino en memoriales. Y ahora resulta que no hago sino engavetar procesos y proteger cacaos, que yo no inicie nada, que todo empezó en Brasil, en la operación Lavajato, cuyo hedor llegó a los tribunales del Imperio y rebotó a Latinoamérica. Y a Colombia, claro. Dan por hecho que yo maté al controller y al muchacho. ¡Canallas! Y me enrostran nimiedades. Dicen que nunca precisé dónde estaba el billón de dólares de las Farc ni cómo lo calculé. Que en vísperas de la segunda vuelta anuncié un acto de corrupción electoral monstruoso y al final salí con un chorro de babas. Que odio la paz. Que dije que no sabía nada de las irregularidades de la Ruta del Sol, pero antes había hecho una lista de los pecados de ese contrato. Imbéciles. Hasta Las Escrituras tienen pequeñas incoherencias.

Abre una revista y ve su foto a dos páginas. Alto. Apuesto. Joven. Fuerte. Indio. Limpio el cutis y una mata de pelo sobre sus ojos recios. Es el rey de los salones. El sueño de las señoras más bellas. De las más caras. Podría tenerlas a todas si no tuviera que ocuparse del destino del mundo y de las habladurías de Robledo y de los periodistas y de toda esa sarta de lagartos y zarrapastrosos, como diría Angelino, ese Demóstenes elevado a la menos uno.

Se le viene a la memoria una frase de Darío Echandía. “En Colombia nada confiere tanto prestigio como una larga impunidad”. Es cierta, reconoce: Turbay. López. ‘Bojote’. Uribe. Santos.

Con un punto de sorpresa, y un regusto de roble y ajenjo en la boca, reconoce que tiene el perfil perfecto para ingresar al exclusivo club. Sus manos ya no tiemblan. Se sienta. Se parece al Michael de la escena final de El Padrino III. Experimenta un principio de embriaguez. Es una mezcla de tedio, whisky y poder. Está tranquilo. Sabe que no le pasará nada. Que caerá hacia arriba, como ocurre siempre en la física nacional. G a la menos uno. Mira por el ventanal y ve sin sorpresa la valla: Néstor 2022-2026.

VER COMENTARIOS
Columnistas