El fuego y la fe

El fuego
y la fe

Abril 17, 2019 - 11:55 p.m. Por: Julio César Londoño

“La única iglesia que ilumina es la que arde”, dijo alguien para sugerir que debíamos quemarlas todas. Que ya habían pasado los siglos en que las religiones “fueron todo para todos”, cuando eran la historia, el consuelo, la cosmología y el derecho de los pueblos, hasta convertirse, en estos tiempos laicos, en cosmologías para niños (por eso son alegóricas, ilustradas, explica Schopenhauer) o en teoterapia para personas angustiadas, o palos en las ruedas de las políticas públicas de salud, los derechos de las minorías y los cambios de las costumbres.

Como tantos, recibí la noticia del incendio de Notre Dame con esta confusa mezcla de resquemores y piedad. Como todos, admiré las bellas y terribles imágenes de la televisión, en especial las del crepúsculo, cuando el cielo de París era un telón naranja para el rojo furioso de las llamas y el ocre sagrado y sucio de las torres truncas del antiquísimo templo.

¿Por qué ha conmovido al mundo, a creyentes y ateos, el incendio de Notre Dame? Por el riesgo que corrieron sus tesoros, dicen los expertos. Por las esculturas y los cuadros. Por el monstruoso badajo de 500 kilos de la campana Bourdon de 300 años. Por las 37 representaciones de Nuestra Señora, por la Piedad de Coustou y la túnica de San Luis.
Por esas bóvedas nervadas que parecen sostenerse sobre sí mismas, como la fe.

Por los tres órganos y el gran órgano, por los tres rosetones y por las tres reliquias: la corona de Jesús, un clavo y una astilla de la cruz.
Claro, los descreídos sonríen. Si Jesús es una figura más mitológica que histórica, la corona, la astilla y el clavo son sombras de una sombra.

Adoradas pero discutibles. Para muchos, son auténticas. Para otros, un símbolo que se confunde con la cosa, como los billetes, que no son oro pero brillan.

Quizá Notre Dame es eso, un símbolo de esa potencia (o de esa ansiedad) que llamamos Dios. De ese orden y de esas respuestas que buscamos en las instituciones políticas y en las fórmulas de la ciencia.
Quizá toda la catedral es una reliquia del Bajo Medioevo, cuando las catedrales eran un punto suma, el lugar de encuentro de las potencias del cielo y las autoridades terrenales, de señores y siervos, artesanos y artistas, talladores y vitralistas, arquitectos y teólogos; de la vieja escolástica y las nuevas corrientes humanistas.

Quizá las catedrales eran una suerte de enciclopedias que recogían todos los saberes del mundo y los misterios del cielo. Eran los únicos libros populares de una época en que los libros de papel eran un lujo muy escaso.

También, por supuesto, eran plegarias de piedra y cristal. Estaban diseñadas para impresionar al parroquiano… ¡y al mismísimo Dios! Cuando los rayos del sol se filtraban por los vitrales del ábside y caían oblicuos sobre el altar, y las voces del coro se enredaban con las volutas del incienso y las dramáticas notas del órgano, y el sacerdote decía, por ejemplo, “no morirá para siempre”, era imposible sustraerse a la presencia casi tangible de la divinidad.

Y cuando todo, las plegarias, el sahumerio, las canciones y el fervor de la grey ganaban la calle y ascendían por el aire, hasta el irascible Jehová se conmovía y era menos severo con nuestros pecados.

Quizá es un orden, la suma de estamentos y gremios, y el boato de esos rituales de la inocencia y del miedo, lo que Occidente extraña y lamenta con el incendio de Notre Dame.

Sigue en Twitter @JulioCLondono

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