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Santa Librada saldrá bien librada (1)

Octubre 19, 2020 - 11:50 p. m. Por: Jotamario Arbeláez

Estamos reunidos de una manera virtual para ir celebrando, con tres años de anticipación, los 200 de la puesta en marcha por el general Santander, el sábado 18 de octubre de 1823 a las 9:00 a.m., del establecimiento educativo orgullo de la comarca, el Colegio de Santa Librada, ubicado en el Viejo Claustro, antiguo convento de San Agustín.
Este convento tuvo la primera Torre Mudéjar, de 15 metros de altura, la cual se derrumbó con la Ermita en el terremoto de 1924. En ese tiempo Cali estaba integrada por La Merced, San Pedro, Santa Rosa, San Agustín y San Nicolás.

A finales de los 30 ya no cabe el estudiantado y el presidente Eduardo Santos, por los 400 años de Cali, obsequia el lote y la construcción de la nueva sede, a cargo del arquitecto Arnoldo Michaelsen y el ingeniero Julio Fajardo Herrera. Ahora el colegio, en su definitiva e histórica y hasta turística sede se está yendo a pique, no por un nuevo terremoto sino por las inclemencias del tiempo, y debemos conjurar la amenaza. Y digo turística porque durante toda una época los iconos fotográficos de Cali fueron La Ermita, el Hotel Alférez Real, Belalcázar, el Puente Ortiz y la torre del reloj de Santa Librada.

El colegio fue bautizado en honor de Liberata, la santa que rige el 20 de julio, de quien, cuando comencé a ser considerado un personaje estrambótico en la ciudad por lo nadaísta, incursioné en su biografía y vine a descubrir que era ella más nadaísta que yo.

Era hija de un rey de Portugal, quien en vista de su belleza la prometió en nupcias al rey moro de Sicilia. Pero ella ya se había desposado en secreto con el Señor. Un día llegó a las bodas el futuro consorte con su comitiva y ella se encerró en su torre, mientras la corte celebraba las fiestas previas, pidiéndole al Señor que la privara de su belleza y la hiciera repulsiva a su pretendiente. Y así, cuando subieron por ella, encontraron una doncella desnuda con una frondosa barba que le tapaba el cuerpo hasta la mitad de los muslos. El rey moro se declaró burlado y amenazó con declarar la guerra al rey portugués, quien igualmente horrorizado por esta muestra de brujería condenó a su hija a ser crucificada. Y así figura en el santoral.

Creo que a todos sus exalumnos lo mejor que pudo pasarnos fue haber franqueado sus puertas. Todos conservamos el recuerdo titilante de amor por ella, tras la aventura de recorrerla día tras día mientras nos iba creciendo el alma. E ir recibiendo la instrucción respectiva de esa babel de personajes que nos fueron puliendo el coco. Nunca he olvidado la sentencia del profesor Pichita de matemáticas, de que “los errores se pagan con plata”. Ni los unos de Atila el profesor de álgebra, ni el erlenmeyer de Potes que se me quebró y tuve que pagarlo, ni los tintos de Pajarito el de química, ni las objeciones al padre Silva tomadas del libraco ‘La religión al alcance de todos’ que adquirí en Santa Rosa, ni las polémicas políticas acerca del Quijote con Alonso Lucio en la Biblioteca, ni las piernas mal cruzadas de la profesora de canto, ni las trompadas a la salida en el terreno adyacente donde el gran artista Diego Pombo instauró a Jovita, ni las conversaciones intelectuales con Mario Suárez, ni las salidas a los estratos populares con Armando Holguín a denunciar las desidias de los alcaldes y a conquistar a las reinas de los cien barrios caleños.

Cómo no mantenernos en esa piscina donde aprendimos a sobreaguar la vida, a nadar crol, pecho, espalda y mariposa bajo la égida del siempre bien ponderado don Pablo Manrique. O las pistas para el salto largo que a veces terminaba al otro lado de la verja rumbo a los billares o a las cintas del Alameda donde si se corría con suerte se topaba con una de las mellizas en el oscuro. O la biblioteca el cuidado de Ojo de Águila donde leímos al escondido el “Santander” de Fernando González. O las jornadas estudiantiles del 10 de mayo del 67 cuando santa pedrada en mano colaboramos con la caída del tirano.

(Continuará)

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