Manicero

Manicero

Octubre 22, 2018 - 11:50 p.m. Por: Jotamario Arbeláez

A los 12 años decidí ganarme la vida, dado que el magro sueldo de mi papá en la sastrería apenas si daba para los gastos de la casa. Con serrucho y martillo más tres tablas de una cama desbaratada y una tira de cuero construí mi cajuela de vendedor de golosinas en el teatro San Nicolás, recomendado por don Santiago Isaza, que era el mandamás de Cine Colombia. Ya ensayaba ser escritor, pero el profesor de castellano, el señor Mina Balanta, me sentenció: “Con la escritura no va a ganar ni un peso. Dedíquese más bien a vender maní”.

La tía Tina y Luis Torres tenían una tenducha donde despachaba mi abuela, en los bajos del Teatro Colombia, por la Avenida Colombia, especializado en presentar en vivo luminarias aztecas, de Los Panchos a Pedro Infante, y hasta al villano más villano de las películas, Carlos López Moctezuma, con su elenco de trampas, traiciones, ruindades y felonías, quien me hizo orinar en los pantalones cuando me clavó la mirada, mientras sorbía un aguardiente en la tienda. Provocaba pavor el tenerlo cerca.

Luis Torres surtió mi caja, que resultó atiborrada de galguerías. A las cinco salía de las clases de la escuela San Nicolás y apenas tenía tiempo de correr a la casa, dejar el maletín de tareas y sin probar bocado salir con la caja al cuello rumbo al teatro. Tenía un rival en el negocio, con una caja pomposa de varios compartimientos llena de productos de aspecto más atractivo. Lo llamaban Pelusa y pertenecía a la pandilla Veneno de la Calle 23, todo un machote, quien me atemorizaba con su camiseta forrada en músculos. Cuando pasaba por nuestra cuadra nos miraba como microbios. Apenas nos vio el proyeccionista, de bigotito a lo Errol Flynn y camisa fucsia, a quien llamaban Nosferatu, pidió que en la mitad de la película, antes del crimen, el que pudiera le subiera unos cigarrillos Pierrot. Presentaban Los olvidados, sobre unos niños marginales, uno de los cuales mata por soplón a su amigo con una piedra antes de que lo abata la Policía. Di vueltas en la oscuridad cantando la letanía de mis ofertas. Entre cada venta menuda me sentaba en una butaca vacía y sacaba de cada bolsita de cacahuates dos o tres granitos para calmar el hambre cinéfila.

En un momento dado, en mitad de la película, en pleno crimen, se reventó la cinta y quedamos en tinieblas mientras el público rechiflaba y pateaba con furia la espalda de las butacas, hasta que se oyó un grito agudo, penetrante y chistoso dirigido al proyeccionista que todavía me resuena: “¡Nosferatu, soltá al muchacho!”. Como una iluminación me llegó el pensamiento: “Pelusa se mariquió”. Lo vi bajar abochornado las flacas escaleras de la sala de proyección, a cada zancada botando de sus confites, evitó mirarme y salió soplado del cine mientras se restablecía la proyección, dejándome la plaza para mí solo. Ingenuo como era, le conté a don Santiago el episodio brumoso. Tanto Nosferatu como Pelusa salieron al otro día como pepa de guama, dejándome con la vergüenza de haber sido sapo por primera y única vez en la vida. Pero me tranquilicé porque la barra de la 23 no volvió a atacarnos, ni siquiera a pasar por nuestros terrenos, y cuando asistía a otros cines y se reventaba la cinta y alguien gritaba: “¡Soltá al muchacho!”, me serenaba pensando que Nosferatu había recuperado su puesto.

Mi otro problema se presentó cuando fui a cuadrar caja con Luis Torres. Estaba desbalanceado en las cuentas, pues de los nervios de seguir viendo la película todo un mes en el momento del crimen engullía lo que podía. Con sorna me preguntó: “¿Usted come mucho?”, enarbolando los mermados sobrecitos de maní. Bajé la cabeza. Vi que su rostro tomaba los rasgos tenebrosos de Carlos López Moctezuma exhibiéndome la cuenta del dilapide. Presenté mi renuncia. Con un préstamo que me hizo Nosferatu cubrí el descuadre. Me contó que mantenía a ‘Pelusa’ encerrado escribiendo cuentos. La caja la conservo en la casa de mis hermanas. ¿Algún joven aprendiz de poeta o de carpintero o algún museo me daría cualquier peso por ella?

VER COMENTARIOS
Columnistas