Madre de poetas (2)

Agosto 23, 2021 - 11:50 p. m. 2021-08-23 Por: Jotamario Arbeláez

Alguien soltó la infidencia de que el verdadero impulso del viaje de la hacendosa familia había sido que la abuela Delfina Hidalgo había tenido la visión apocalíptica de que el fin de mundo pasaría por Ambato, por lo que el abuelo David Raza, que era creyente en Dios pero ferviente en su esposa, dictaminó que había que abandonar el país a como diera lugar.
No le fue difícil a Zoila Raza convencer a su esposo y éste a la recua de colaboradores de la mesa de sastrería, unidos por el rito de la oración, con la promesa de que luego mandarían por sus familias. Para conducir la mesa habría que contratar un camión hacia Guayaquil, un planchón hasta Buenaventura y un vagón del tren hasta Cali. A lado y lado y sostenidos de sus bordes, los obreros de paño. No sería un cambio abrupto, pues las ciudades llevan la impronta de su fundador y, en este caso, el de ambas ciudades había sido Sebastián de Belalcázar, conquistador feroz y más que bizarro.

Iba ya por mi segundo grado elemental en la escuela San Nicolás, era 1949, 5 de agosto, cuando en casa de los abuelos maternos donde estábamos de visita la radio estremeció a todos con la noticia de que un cataclismo telúrico había azotado Ambato, convirtiéndola en un rimero de escombros. Luis y Zoila se turnaban el radio que a cada uno le temblaba en las manos, a medida que iba dando cuenta del tétrico terremoto. La tía Marina gritaba, ¡ay!, cuando contabilizaban 5550 muertos empezando por los del barrio donde habitaban, Lyda berreaba, ¡ay!, ante el anuncio de que los camiones llenos de heridos no encontraban los hospitales sino el hueco donde se hundieron, Daisy aullaba, ¡ay!, ante la noticia de que la Iglesia Matrix se había derrumbado sobre cientos de feligreses, entre ellos un grupo de niños estrenando sus trajes de primera comunión, la joven Iralda levantaba los brazos, ¡ay!, como para protegerse de la caída de las iglesias de Santo Domingo y la Merced, Héctor y Luis Eduardo, ayayay, se habían ido a sollozar sus novias perdidas a un bar de putas cercano. Mi mamá estaba lívida como si el mundo de su infancia, ¡ay!, se hubiera borrado hasta del recuerdo.
Como si se le hubiera desaparecido el Ambato de su alma.

Aparecieron en la sala, en traje de etiqueta, que parecía de opereta, el abuelo David y la agorera Delfina, y en tono ceremonioso él pronunció estas palabras: “Hasta aquí llegaron nuestras familias. No queda en Ecuador nadie de la familia Raza y nadie de la familia Ramos y no quedan ni las casas donde habitaban las familias Ramos y Raza. Volveremos a ser lo que de aquí en adelante suceda. Lloremos”. Y lloraron durante días y días, tantos que perdí el año, porque no hubo nadie que se acomidiera a ayudarme a hacer las tareas.

En abril del año anterior, el 9, en la otra casa, en la de la familia Arbeláez, había pasado algo similar cuando el mundo pareció venirse abajo por el asesinato de un político liberal que idolatraban mi padre y mi tío político ‘Picuenigua’. Berrearon a moco tendido la abuela Carlota, la tía Adelfa y mamá, mientras turbas enfurecidas destruían las ciudades cobrando el muerto. Y el año anterior a ese también había llorado la familia frente a la radio, cuando desde la plaza española de Linares transmitiera la muerte de Manolete por una cornada de Islero. Y el 7 de agosto de 1956, un día después de que los Arbeláez Ramos nos trasladáramos de la casa de San Nicolás a la del barrio Obrero -con la mesa que había terminado por heredar mi padre y que constituía su propia sastrería portátil-, a una pocas cuadras, al pie de la estación del ferrocarril, estallaron a la una de la mañana siete camiones militares cargados con cuarenta toneladas de dinamita dejando convertida mi ciudad, sobre todo mi antiguo barrio, en una nueva Hiroshima. Milagrosamente no nos pasó nada grave, ni a la abuela que se había trasladado el mismo día anterior a la explosión con Adelfa y con Picuenigua al barrio Bretaña. Entonces no lloramos, pero el tinte pávido ya no se nos borró de los rostros. Decidí que había que estar preparado para las tragedias, vinieran de la radio o del corazón. Y no fue menor la que se nos vino. Una guerra de 60 años. (Continuará)

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