Los diez mandamientos

Los diez mandamientos

Junio 07, 2011 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Más o menos a los 14 corté con la iglesia que me había indoctrinado a través de los años de la escuela San Nicolás. Sobrevivieron al naufragio los alucinantes relatos de la historia sagrada, la memoria borrosa de las oraciones inculcadas por la abuela, y la marca al fuego de los 10 mandamientos, de los pecados capitales y de las obras de misericordia. Anduve durante 50 años sin Cristo, pero sustentado mi esqueleto en la ética del monoteísmo de Jehová. Nunca supe contra cuántos de los 10 mandamientos pequé, como colombiano o como poeta que soy. Los diez mandamientos fueron entregados por Jehová a Moisés en el monte Horeb, los tres primeros -referidos al amor de Dios- en una tabla y los otros siete -al del prójimo- en la otra. Tablas que él quebraría indignado al encontrar a su pueblo en pleno goce pagano. Pero después se los devolvería, ligeramente retocados, en el monte Sinaí, en tablas que tuvo que confeccionar el propio Moisés. ¿Cómo pudo establecerse semejante menú de comportamiento para regir a esa horda de nómadas desarrapados? Dicen unos que quedaron grabados desde entonces en el corazón del ser humano; otros que en él ya figurarían desde antes como ley natural. Aun divorciado de Cristo siempre tuve en los mandamientos un parámetro para moverme en la sociedad sin mayores problemas con la conciencia o la Policía. En algún lugar dije que nos habíamos hecho antisociales mientras llegaba el socialismo, pero primero retornó Cristo a mi corazón. El haber vuelto al redil no obsta para hacer un análisis de lo que me han significado estas reglas fundamentales. Haga usted su propio ejercicio. Amar a Dios sobre todas las cosas. Lo que conlleva, no sólo la aceptación de su santo dominio, sino la asumisión de la fe, la esperanza y la caridad. La esperanza fue lo primero que perdí, después de la virginidad y la fe, pero la caridad hacia mí mismo me impulsó a buscar a mi Dios en el ateísmo hasta encontrarlo en la poesía. Y al prójimo como a ti mismo, culmina este mandamiento, lo que siempre consideré una supervaloración de la autoestima. No jurar en vano. No podría jurar por Dios al son de la nada. Y menos sobre mi Biblia, tan escasa de páginas, empleadas en tan sicotrópicos menesteres.Santificar las fiestas. Cada fiesta a la que asistí fue santificada en virtud de que se celebraba como un canto a la vida bailable que nos fue dada. Honrar a padre y madre. A cada uno consagré mis poemas menos extravagantes y ellos me perdonaron que escogiera la poesía por sobre el becerro de oro que podría haber adorado. No matar. Nunca maté ni una mosca ni empuñé un arma, con excepción de la navaja automática en los burdeles para defenderme de los ángeles del infierno. No fornicar. Bueno, no se puede decir que lo haya hecho, pues como nunca me casé, no he podido tener relaciones sexuales por fuera del matrimonio. No robar. Con excepción de la cadena de oro de mi mamá y la antología de la poesía surrealista todo lo pagué de contado.No mentir. Mis hijos se quejan de que en su primera infancia les haya hecho creer que fui amigo de los Beatles, amante de Marilyn Monroe, escudero de Camilo Torres y compañero de secuestro de Jaime Velosa. No codiciar la mujer del prójimo. Si ya era pecado mirarla con deseo porque se adulteraba en el corazón -y es tan difícil desacatar las leyes del cuerpo que obedecen más a la fisiología que a la moral- tal transgresión me fue siempre imposible de controlar. No desear los bienes ajenos. Con los males propios tengo suficiente para sentirme colmado. Y que Dios, como el buen lector, me perdonen.

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