Los demonios de Gabo

Abril 19, 2021 - 11:50 p. m. 2021-04-19 Por: Jotamario Arbeláez

Por estos días cumplió el formulador del realismo mágico siete años en la soledad de su tumba. Es posible que, después de Las mil y una noches, no se haya escrito una obra más bella, por lo menos en español. Aunque no sea ese el libro más bello que escribió García Márquez, de quien todos sus títulos son cubiertos por la misma calidad y belleza.

No han faltado voces irrisoriamente irrespetuosas contra este irrepetible hombre de letras, como las de la senadora María Fernanda Cabal y del autor de las Memorias de un h.p. Fernando Vallejo, empeñados en despellejar al fabuloso fabulista de Aracataca, lo que muestra hasta dónde puede llegar la imbecilidad del sesgo político y la envidia.

Uno de los privilegios que me ha dado la vida, comparable al haber hablado en Viena al tiempo que el Papa y el Dalai Lama, en 1983, el Papa en la Plaza de los Héroes, donde habló Hitler, el Dalai en la vereda Capilla del Campo, y yo en la Comisión de Energía Atómica de la ONU, fue haber compartido unas horas, unas frases y unos whiskies con este personaje que vivió las duras y las maduras antes de imponer su arte excelente.

Otro privilegio que le debo a la publicidad, más valioso que el oro y el moro de las conquistas, fue el acceso al conocimiento de los originales inéditos de la obra de García Márquez, Del amor y otros demonios, que con tanto bombo lanzó el Grupo Editorial Norma a todo el orbe español.
Hacerle publicidad al autor más famoso del mundo, y a una de las obras más bellas que se han escrito con teclas sobre la tierra, fue misión que si no excedió mis fuerzas sí por lo menos me dejó muy debilitado.

Desde el temblor en las manos al acoger las tiras digitalizadas con el portento, la inmersión sin gafas en su lectura penumbrosa las mismas horas que se requieren para abarcar los cuatro evangelios, el encuentro con ese personaje cenital que es Sierva María de Todos Los Ángeles, doncella mártir de 12 años como Ana Frank, la Lolita de Nabokov y mi veneranda María de las Estrellas, hasta encontrar el concepto de presentación a los cuatro vientos de esta obra de los mil demonios, es haber sido presa de la emoción más trémula que pueda vivir un poeta sin salvavidas en el mar de las comunicaciones.

Con un lenguaje que daría más lustre al siglo de Oro, palabras de la época de la Santa Inquisición en Cartagena de Indias para dar la impresión de que la obra pudo ser escrita por un testigo atormentado de los sucesos calientes, apoyado en Garcilaso de la Vega para solventar la endecha amorosa, García Márquez ha escrito un libro digno de figurar en el índice, si esta doliente página de la historia, las letras y la Iglesia no hubiera sido doblada.

Un perro muerde con rabia a una niña en una plaza de mercado, es hija de un marqués dejada de la mano de Dios al cuidado de esclavos; en la confusión de la búsqueda de la cura se la considera poseída por el demonio; la Iglesia despliega sus exorcismos; el sacerdote encargado de sacarle del cuerpo al enemigo se enciende en una pasión nefanda por la criatura; se filtra por las noches en la prisión del convento para perpetrar con lirismo su obsesión enfermiza; es sospechoso de herejía y condenado por el Santo Oficio, pero por gracia especial cumple su castigo como enfermero en el hospital del Amor de Dios donde se revuelca con los leprosos en su afán expiatorio por contraer el mal, y la niña muere de amor a portas de la sexta sesión de exorcismos, mientras de su cabeza rapada comienza a crecer cabello, que cuando 300 años después el reportero García Márquez es testigo de la apertura de las criptas en el Convento de Santa Clara, es una espléndida cabellera de 22 metros y 11 centímetros.

De amor, sería de la única enfermedad que debiera morir la gente. Así sea de un amor tormentoso o de un amor imposible.

La conclusión de la obra podría ser que, si existe el demonio, lo ha creado la Iglesia, y si existen los endemoniados es porque la Iglesia, a golpes de torturante exorcismo, lo insufla en el alma de los presuntos poseídos.

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