La santidad en el nadaísmo (3)

La santidad en el nadaísmo (3)

Junio 25, 2018 - 11:50 p.m. Por: Jotamario Arbeláez

A los 13 años de haber fundado ‘el evangelio de la nueva oscuridad’, el profeta se despidió de sus 12 monjes, y del cigarrillo, la carne y la prosa, ninguno de ellos por prescripción médica, sino por amor a Dios y a Angelita, para luego espetarle al nadaísmo una especie de retírate Satanás, y acto seguido de este consolador exorcismo que nos dejó echando babaza, abrazar contra su corazón al santo señor de la corona de espinas. En el primer momento nos escandalizamos sus monjes discípulos porque si se acababa el nadaísmo -era 1971 o 72-, qué ateísmo nos quedábamos predicando cuando el Maestro ascendía. Los diablos haciendo hostias, esa sí no nos la esperábamos, ni siquiera nosotros, ¡qué escándalo!

En esas circunstancias lo mejor que podíamos hacer era hacernos los locos, incluso con el demonio que nos hacía de guardametas. Los que pierden la cabeza en la tierra la encontrarán en el cielo, escribió un decapitado famoso. Lo seguimos visitando en su ermita, sin abdicar del todo de nuestra rebelión primeriza, a compartir en medio de sutiles elaciones eternales, las santísimas ensaladas que preparaba su ángel con limón y vinagre.

En algún momento pretérito, en una entrevista para la prensa, Gonzalo me preguntó qué haría cuando se acabara el Nadaísmo. “Escribir la Historia del Nadaísmo”, le respondí. Lo que no atiné por entonces a percibir fue que esta historia tomaría la forma de un evangelio. Ya no el Evangelio de la nueva oscuridad, esbozado desde un principio por el profeta de la oscuridad nueva, sino el Evangelio de la nueva luz en las tinieblas, como me recomendara el espíritu.

Cuando Gonzalo anunció su retorno a Cristo a los cuatro vientos por haberle soplado el viento paráclito, comenzó a recibir cartas de Cali del poeta nadaísta de segunda generación rebautizado Jan Arb, anunciándole que le había sido revelado que él era la reencarnación del Señor, y lo invitaba a que lo siguiera, con el llamado de que “Tú serás mi edecán”. Era mi hermano por la sangre quien vestía una túnica blanca, lucía una espesa barba de nazareno, se hacía llamar Jesús de Kalí, y andaba con una inmensa bandera que le ayudaban a llevar sus fieles, que decía castidad en letras mayores, y tremolaba por el Cerro de las Tres Cruces, como señalando a su hermano pecaminoso, por quien oraba porque encontrara el camino. Meses enteros pasó en su prédica, hasta que papá que era sastre le quemó la andrajosa túnica que él ocultaba en un maletín de Braniff, y tuvo el encuentro trascendental con una señora vidente, la Hermana María, quien le leyó que era poseído por el orgullo satánico que le hacía creerse nada menos que el Salvador. Depuso pues su errada misión redentora y asumió con la humildad máxima el oficio de ayudar en el buen morir a los moribundos, insuflándoles la guía para llegar certeramente al seno divino. Actualmente sigue escribiéndole Cánticos al Señor, oficia en la iglesia con la Palabra, y habla lenguas que ni él ni ninguno de sus oyentes comprende.

Quedó flotando la idea de que no hay que volverse cristiano, sino convertirse en Cristo, así no más como suena. Verdadero o apócrifo, eso se verá luego. “La Iglesia está educando las almas para la secta y la idolatría, no para lo esencial: que los hombres se vuelvan Cristos, como enseña Jesús”, enseñó Gonzalo en ‘Retorno a Cristo’. Lo que implica caminar con el Maestro del atrio de la iglesia hacia afuera. Lo hizo Gonzalo Arango, como no lo hizo Jan Arb. Y creo que en el fondo lo hicieron y lo estamos haciendo todos, aún sin aceptarlo, quizás para no saturar el Ego de presunciones de Divinidad. Algo me dice que Gonzalo no se convirtió a Cristo sino que siempre estuvo con él. Que su inicial ateísmo, que nos inculcó fehaciente, fue una estrategia para conmover y atraer los ojos del mundo, sacudirlo, anatematizarlo, y después predicarle la senda de la pacificación y el amor.

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