La máquina de escribir

Agosto 31, 2020 - 11:50 p. m. 2020-08-31 Por: Jotamario Arbeláez

Cuando a la entrada del Instituto Cervantes, en Nueva York donde asistía a un festival poético, una periodista me hizo esa pregunta que planteaba Breton a los surrealistas en sus inicios. “¿Usted por qué escribe?”, recordé que hace 58 años, a la misma pregunta de la periodista Alegre Levy para el diario Occidente, cuando entraba a leer mis poemas en un bar de mala reputa, en Fantasio, le di lleno de ufanía esta respuesta obvia que no por ello se dejó de considerar impactante: “Escribo porque soy mecanógrafo. Y, además, porque tengo máquina de escribir”.

Había que oír las risas de los amigos, en especial Eber Cordovez, quien manejaba las cuentas de Bellas Artes, cuando pasaba por su despacho a que me facilitara su máquina para escribir mis poemas y en ella aplicaba ferviente mis dedos de chuzógrafo. “Y, además -repetían a poco tendido-, porque tengo máquina de escribir. Jajajajá”. Desde entonces fui declarado el zar de la pajudencia, de formular frases rotundas sin apego a la realidad, que para entonces comenzaba a percibir como una engañifa de los sentidos.

Como vivo en un país con una guerra más que setentenaria, contesté ahora que escribo como escribía en su momento, para no tener que disparar. Además para disparar qué. Si no tenía para una Remington mucho menos para una Beretta o una Colt-Browning. Con la palabra me propuse hacer el reclamo por los condenados de la tierra, como nos enseñara Fanon, nos recomendara Sartre y nos impusiera el Partido. No me iba a dejar contar entre los practicantes de la ‘evasión’, escribiéndole odas al marfil de su torre.

Cómo no iba a escribir con la rabia del miedo, como cuenta Cioran, de sentirme puesto manos arriba por una ametralladora. Si no hubiera dispuesto de la palabra y de las máquinas de escribir que después tuve de sobra, no hubiera cumplido con el deber de denunciar la sevicia de los que sabemos, como lo seguí haciendo desde mi complaciente HP. Al Cervantes entré de la mano de Carmen Boullosa, la poeta española a quien hago reír hasta con mis relatos más trágicos.

Mis primeros poemas los escribí en la máquina del poeta X-504 que me prestaba durante cuando salía a trabajar. Pero cuando en la calle me sorprendía el apremio, me dirigía a esas oficinas de otros amigos. En todo caso, a pesar de haber adquirido el manejo de una bonita letra Palmer, no la utilizaba sino para apuntar los teléfonos de las coquetonas y las dedicatorias de libros. Por entonces entre la gentuza de letras daba más prestigio tener una buena máquina de escribir que la más suculenta novia. La primera máquina que pude decir que era mía, así como Philip Roth aseguraba que lo único que podía decir que era verdaderamente suyo era el falo, fue una Olivetti Lettera 22 que adquirí en San Andrés en mi primer viaje a conocer el mar de siete colores con la modelo que fue el amor de mi vida, y la llevaba en su funda por todas partes. Una vez que mi padre se dio cuenta de que la había llevado a la prendería me espetó: “No se empeña la herramienta de trabajo” y me prestó los 5 pesos para sacarla. Luego me pasé a una máquina eléctrica roja y más tarde a un procesador de palabras y finalmente a sucesivas computadoras. Debo declarar que heredé la máquina de escribir Olivetti Studio 44 de letras cuadradas donde mi profeta Gonzalo Arango escribió sus cuartillas completas, casi todas ellas con copias al carbón porque el hombre sabía que su mecanografía quedaría, y aquí la conservo entre los Sagrados Archivos del Nadaísmo.

El profeta escribió todos los días de su vida por lo menos diez horas diarias entre manifiestos, poemas, cuentos, novelas, notas de prensa y su agotadora correspondencia. “Hay que salvar el país con máquinas prestadas”, exclamaba Darío Lemos quien nunca poseyó una. Siempre escribía con bolígrafo y guardaba sus originales en carpetas que se le desleían bajo el sobaco. Solo el poeta Jan Arb conserva su Remington Rand y en ella sigue tecleando poemas místicos.

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