La judía errante (3)

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La judía errante (3)

Julio 06, 2020 - 11:50 p. m. Por: Jotamario Arbeláez

“¿Debo entender que a partir de este momento el Judío Errante seré yo, mi sorprendente Smadar, como si usted me hubiera contagiado una enfermedad venérea?”.

“Mire, poeta encantador y encantado, como creo que también le dije en aquel momento en el burdel de Praga a Apollinaire, quien no me hizo caso. Cada vez que el errante Laquedem llegaba a los 80 años, edad a la que usted arriba, sufría un ataque pero no moría sino que volvía a los 20 años para seguir en su andar. Esa noche después de nuestro desaforado y para mí extrañísimo coito, el socorrido ‘diuini concúbitus’, en vez de rejuvenecer murió de verdad”.

“No lo dice el cuento, pero le creo”.

“Y yo, es decir Mahelet, de quien le dije era mi abuela por los 60, y quien ante usted me presento ahora con mis 20 como Smadar, heredé ese título y esa maldición, la judía errante. Cuando Laquedem me poseyó en el barrio judío y me dejó como su heredera, yo frisaba los 30. Cincuenta años después, ya debía tener 80, edad que según el circuito me retrotrajo a los 20, y con ellos llegué en su busca a la madriguera del Monje Loco”.

“¿Por qué Laquedem y usted, siendo siervos del Dios mayor, no se encomendaron a Él para que les conmutara la pena que les había endosado el hijo bastardo…?

“A decir verdad que no se nos ocurrió”.

“Y vienen a librarse de esa maldición a mi costa, sólo porque como buen estudioso sabía de la práctica del ‘diuinis’, muy bonito”.

“Maldición que usted, gracias a su lujuria ochentera, acaba de merecer. Y yo ya puedo morir tranquila. ¿No andaba buscando ganarse la eternidad? Pues allí la tiene”.

“Tomemos otro vino, Y saboreemos estas judías a la húngara que resulté comprando en su honor. No me gustó del todo esta forma de ganarme la eternidad. Una cosa es la eternidad y otra no morir. Además no soy judío.
Y ni siquiera fui un buen caminante. Para ahora tomar las del errabundo. Cuando en razón de la pandemia ningún carro le para a ningún viajero cansado que haga auto-stop”.

“De pronto tiene su ancestro, pues proviene de los Arbelais del País vasco. A Laquedem tampoco le paraba ningún camello. Le tocaba echar quimba, sin ningún rumbo fijo porque adonde llegara le era lo mismo”.

“Y míreme octogenario. Ya sé que me reversarán a los 20. ¿Y qué va a hacer ahora conmigo mi señora de 58 que no soporta mi lujuria de 80, si me le presento todo bien parado de 20?”.

“Pues no le tocará quedarse mucho tiempo con ella en su paraíso, La montaña mágica. Y supongo que no se irá detrás de usted, con esa fama, pensionado, y en esa edad”.

“Y ahora que el mundo está en vísperas de acabarse, o cuando mueran todos sus habitantes por este virus, ¿qué me voy a quedar dando vueltas por estas ruinas y sin a quién perseguir para lograr el ‘diuinis concúbitus’ que me redima, que no sea una burra, como lo hacían algunos poetas contemporáneos? A no ser que la segunda llegada del Señor esté ad portas, como sospecho”.

“Hasta esas epifanías no llegan mis cábalas. Tenga la seguridad de que su señor crucificado no goza de mis simpatías. En estos 103 años he aprendido todos los idiomas, la historia de los pueblos y escrutado la vida de los personajes que pudieran salvarme de seguir andando en virtud del cruce por el ‘diuinos’. Lo sé todo acerca de usted. Pero puede seguir tranquilo, no soy escritora ni feminista ni delatora. Lo que ha logrado se lo tiene bien merecido”.

“¿Hasta ejercer el coito de coitos con un fantasma?”.

“Si era una puta en Praga en 1917 y por ejercerlo me metieron en esto, por qué no iba a seguir ejerciendo para conjurar esa pena?”.

“Imagino entonces que sabe que comencé por ser un poeta descreído, por esos años 60, ignorando que el poeta es una de los voces de Dios. Que hasta de aliados del demonio se nos tildaba. Hasta que al apóstata que nos reclutó volvió a Cristo. Yo también lo hice, pero por otro camino”. (Continuará).

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