La espina en la corona

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La espina en la corona

Junio 01, 2020 - 11:50 p. m. Por: Jotamario Arbeláez

Recluido por razones de edad en este paraíso que me mandaron del cielo, para que no me alcance la virulenta pelona que se ensañó contra el mundo a través de la más ínfima basura, reviso las cajas que contienen lo que he tecleado en 62 años, la mayoría poemas publicados en libros o inéditos y notas de prensa que sigo trabajando hasta convertirlas en textos con alguna validez literaria.

Encuentro que mis temas principales han sido la familia, el padre, las calles de mi barrio, el colegio de Santa Librada, la aventura nadaísta, los enfrentamientos contra el sistema, los viajes por el mundo y por el vacío, los goces de una sensualidad desbordada, los amores venturosos y tormentosos, pero escasamente la muerte. Nunca le paré muchas bolas a esa patuleca que suele dejarnos patidifusos con su lotería del adiós. Sólo cuando me tocó despedir a amigos de la vida al ver que se los llevaba la cabecipelada que conmigo se ha hecho la querentona, con cuyas elegías he espesado otro libro que deberé cerrar con mi ya patentado epitafio: ‘Aquí yace Fue’.

Encontré uno, Ronda de la muerte, escrito en la mitad de los años que ahora tengo, a los 40, y no resisto las ganas de comentarlo. Comenzaba: “No hay día que no traiga / como un fatídico cartero / noticias acerca de la muerte / de algún amigo de la infancia”. La muerte no tiene edad. Todo ser humano vive de uno a 36.500 días y parte sin novedad. La desaparición del mejor amigo de los días de bicicleta y novias de barrio significa la despedida de lo que fuimos.

“No es que estemos muy viejos / ni ha estallado la guerra. / No hay epidemia declarada / ni militamos en la mafia. / Unos adquieren cáncer temprano, / a otros el corazón se los lleva, / de vez en cuando algún suicidio / o un estrellón en la carretera”. Si estábamos en los 40 andábamos por la mitad de la vida pensábamos optimistas. Las epidemias éramos nosotros tratando de vulnerar los intríngulis del sistema. Y no éramos reos de cobro de cuentas. Ni tan malditos poetas como para pegarnos un tiro, si no éramos capaces de matar una mosca muerta. Gozaba y contagiaba mi salud como una venérea de cariño. Acababa de estrellarse en la carrera de Tunja el líder de la descomposición anunciada.

“Se encuentra uno en los sepelios / y los rescata del olvido / condiscípulos ventripotentes / ya con tarjetas de abogados. / Y la próxima vez que los ves / es en la misma funeraria / con cara de pocos amigos / nadando en flores”. Uno que no se graduó termina diplomando para el recuerdo a los prestigiosos en sus carreras. Duelen como los amigos de la infancia, los del colegio y los de la carrera que le tocó hacer a uno en la calle, en bares, en cafés. Se iban a la hora menos pensada, y volvíamos a encontrarnos los compañeros de entonces como en recreo, y nos quedábamos contemplando los unos a los otros tal vez pensando, ¿cuál de los que estoy mirando será el siguiente?

“Un día de estos yo seré la noticia / y los niños de entonces / se conmoverán en sus escritorios / por mi desaparición prematura”. Prematura, dije. Parece que andaba en conflictos con la existencia, desde tan joven. Y me iba preparando para el despegue. Pensando perpetuarme por lo menos en los niños de la memoria. Pero para ingresar vigoroso al club de la muerte parece que también me tiraron bola negra.

“Nada tengo contra la muerte. / Pero me hubiera gustado vivir / la promesa de un paraíso / donde el amor fuera posible / sin la espina de su corona”. Siempre propicié paraísos, aun en la carencia gozosa, a quienes me acompañaban por mi camino de negaciones y confrontaciones del orden. Según lo que me dictaban los astros y me dictaban los estros al son de sistros. Era el rey de la vida con la poesía de celestina. La espina de la corona, ¿qué sería por entonces? Duele más la corona con una sola espina que la múltiple del señor Jesucristo, en la que nada tuvo que ver la novia. Sobre todo si es en la coronilla.

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