La casa sin escribir

La casa sin escribir

Junio 10, 2019 - 11:50 p.m. Por: Jotamario Arbeláez

Hace más de 50 años que ando con el tema de ‘La casa de las agujas’, novela que le prometí a mi papá sastre para perpetuarlo, en el bolsillo del pecho del último saco de tres botones que me cosió. Más que con el tema, con el recuerdo, porque es una experiencia vivida y padecida con visos de hecatombe con final feliz. La historieta de la familia Arbeláez desde que abandonara Rionegro Antioquia con una máquina de coser a lomo de mula en pos del paraíso de Cali. Donde llegó a ser maestro en su profesión, mientras yo le leía Sartor Resartus de Carlyle en tanto que él pedaleaba. Luego trabajó muchos años para un patrón judío que en vista del crac económico lo liquidó con una enorme y gruesa caja de agujas alemanas que se pusieron encima de un escaparate y que no se movieron en años. Hasta que hizo falta una aguja y se le hizo un huequecito a la caja en busca de una para un remiendo y poco a poco se fueron saliendo todas y se tomaron la casa causando desastres innumerables y hasta su propio derrumbe.

En las reuniones de artistas de aquella época, en los bares o en las fiestas fastuosas llenas de licores fuertes, drogas blandas y sexo duro, cuando cada uno de los geniales escritores, incluidos los poetas, iba contando por donde avanzaba su saga, yo me tomaba la palabra para decir de la mía, de la que no había escrito aún una página, pero en cada oportunidad agregaba episodios que en el solo verbo quedaban. Y que echaba al olvido cuando iba narrando otros, capas de cebolla sustitutivas.

Resulté una especie de aedo de esos que recitaban la Ilíada, sin acomedirme al escrito, en plena época gloriosa de la máquina de escribir. No sé por qué, porque por otra parte escribía cantidades de cosas, notas de prensa, crítica plástica, manifiestos anarquistas, poemas con el tema de capítulos de la novela que me harían el papel de fichas, cartas de amor, grafitos en las paredes. Incluso llegué a vivir de mi cuento. En más de una ocasión el director de una revista o un editor de postín me metieron unos peniques en el chaleco para que les entregara el legajo. Antecedente feliz de Capote, nunca entregué los originales de la nueva búsqueda del tiempo perdido que se esperaba, habiéndome bebido los anticipos.

Ahora que me he alejado del ruido mundano y me encuentro disfrutando del solaz de mis años, que contados en el ábaco no son pocos, me pregunto por qué no le he dado mate al proyecto, cuando tiempo y ocasión he tenido, en cambio otros amigos, a la manera de Lawrence Durrell y Henry Miller, han coronado en el ínterin trilogías como el caleño Armando Romero, cuyo último título, La rueda de Chicago, está presentando con todo honor en Venecia en traducción italiana, como bien ha quedado registrado en NTC... E incluso quintetos, como el de la frágil memoria, del bárbaro de mi exvecino Jorge Eliécer Pardo. Huelga decir que me he leído estos ocho tomos con creciente deleite, sobre todo al sentir que sus autores están cumpliendo cabalmente con su destino.
Bien le puedo decir a la vida ok. Ya estoy entre el aire del campo, el crujir del monte y el cantar del sinsonte. Sin un bar ni una librería ni un coloquio de amigos en cientos de kilómetros a la redonda que me distraigan del compromiso. Bien atrincherado con la papa y el destilado. Con una tonelada de rock pesado y liviano de todas las épocas y países. Más las cantatas seculares y profanas de Bach y algo de música tibetana que espanta las alimañas. Mi mujer está pendiente de que haga las flexiones requeridas para que las articulaciones funcionen a la par que el resto del cuerpo, releo en la tina ‘El amor en los tiempos del cólera’, me comunico por internet con todos los amigos y fans del mundo, salgo a caminar con mi perra Dina por los territorios por donde pasó Bachué de la mano de su hijo poblando el mundo.

Si con todas estas ventajas no remato este chicanero proyecto de seguro que papá me va a jalar de las patas en el ataúd.

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