Hoteles y poetas

Hoteles y poetas

Enero 27, 2015 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Los hoteles solían ser el paraíso para los escritores, -el sitio que ni mandado a hacer para estructurar sus conferencias y recitales en el silencio de la noche apenas perturbado por su acompasado y soportable tecleo, pues por consideración con el vecindario de huéspedes en actividades más primitivas como tirar pestaña o tirar a secas utilizaban como silenciador una toalla doblada entre la mesa y la máquina-, hasta que levantaron el veto de dejar subir levantes al cuarto. Allí fue el acabose. Desde entonces los escritores se presentan mal preparados a sus actos públicos, demacrados, ojerosos, con el pulso tembleque, a tratar de cubrir con despiadadas improvisaciones lo que antes hacían con tanto cálculo y tino. En el caso presente estoy hablando en broma, porque las damas que se allegan hasta mi cuarto apenas si lo hacen para beber un pernod que saben que nunca me falta, a asegurarse de que voy a dedicarles uno de los poemas, a que firme la cuenta de los honorarios, a darle el visto bueno a la percha y conducirme ipso facto al salón de actos, donde para colmo de mi solaz todavía me miran con envidia algunos benévolos malpensados. Conozco colegas escritores a quienes sólo les sirven los hoteles para hacer siestas eternas. O para descansar del trajín de la casa. O para encontrarse con los emplumados compinches con quienes hacía varios hoteles no se veían a beberse el encuentro remojando los viejos tiempos.La primera vez que nos invitaron a hoteles, ¡cómo podría olvidarlo!, fue cuando los legendarios festivales nacionales de arte que organizaba Fanny Mikey con sus piernonas mientras actuaba en el TEC y en la sinagoga. Nuestro trompo de poner era el profeta Gonzalo Arango -el que fundó y fundió y refundió el nadaísmo-, quien llegaba importado de la capital de la montaña o de la sabana, y en los diez días del evento aprovechaba para matar las hambres atrasadas y contrarrestar las futuras. Lo acompañábamos como los testigos a Jehová en la cafetería del Aristi, sin derecho a la ingestión más que de café, a contemplarlo rociar con limones ombligones partidos por la mitad carnosas tajadas de papaya, rociar la sal de la tierra sobre unos huevos pericos con tocino, cebolla y tomate que despedían un humo amarillo como nuestros rostros famélicos, servir el espumeante chocolate desde el pico alabastrino de una jarra de Sevrès y consumirlo acompañado con panes recién tostados esparcidos con finas mantequillas de Holanda y melocotones en mermelada. Hasta el agua que sudaba del frío nos era un regalo del cielo. “Mientras el jefe coma y beba”, nos decía retorciendo la servilleta, “vosotros no sufriréis ni de hambre ni de sed de justicia. Algún día os tocará a vosotros y lo haréis en memoria mía”. Él era así, todo mesiánico y jesucrístico, y por eso a la larga se nos torció hacia la pandilla del Espíritu Santo, luego de que lo habíamos apoyado en su sospechosa postulación como precoz Anticristo. Los intelectuales solíamos comer poco. En primer lugar como solidaridad con el hambre del tercer mundo y con la frase de Sartre de que en una sociedad donde un niño muriera de hambre La Nausea no valía como un contrapeso. Pero en segundo lugar porque no teníamos ni cinco. Cuando comenzaron a invitarnos de los medianos hoteles, en vista de que todavía circulábamos escasos de prestigio nos pagaban con los tres golpes, que no era poco, y nada de honorarios pues no había cómo justificarlos ante los rigurosos ecónomos. Ahora que no sólo somos prestigiosos sino que no sabemos qué hacer con los derechos de autor que nos giran por premios o adelantos editoriales, nos damos el lujo de no cobrar para pasarnos por la faja a la Dian y así no colaborar con la financiación de la guerra. (Continuará).

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