Escritor del barrio Obrero

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Escritor del barrio Obrero

Febrero 15, 2021 - 11:50 p. m. Por: Jotamario Arbeláez

No hay privilegio mayor que tener dónde expresarse sin censuras ni coacciones. Desde hace más de 20 años me comunico con quienes presumo mis semejantes, a través de la columna en El País.

Ello me permite continuar como si viviera en mi barrio Obrero -donde escribí mi primer poema, bebí mi primer aguardiente y perdí mi primer prepucio-, comunicarme con infinidad de lectores, enviar mensajes cifrados a mis amores secretos, torear mis malquerientes, mirar cómo Cali fue despertando de ese letargo ruinoso generado por gobernantes tan ineptos como corruptos. Desde siempre Cali fue una ciudad que no tragó entero. La alegría de los caleños, manifiesta en su culto al baile y la música, hubiere o no presupuesto, se equilibra con su disposición a luchar contra la ley del embudo.

Cómo sufría cuando nadie me publicaba y tenía que imprimir mis reclamos en esa arma tan peligrosa como perseguida que era el mimeógrafo. Y salir de madrugada con el lechero a deslizar los panfletos por debajo de las puertas. No pocas veces salí corriendo, cuando alguna luz se encendía o un perro desaforado me daba caza para morderme una nalga. En juego largo hay desquite, me decía el garitero para consolar mis derrotas en el billar pool, y mi abuela cuando veía que me birlaban las novias.

Nunca pasé un día sin escribir una página por lo menos y leer cien. Y cuando publiqué la primera me clavaron el ojo. De pronto comenzaron a llamarme de periódicos y revistas literarias, de arte, políticas, eróticas y humorísticas. Y como tenía tanto material acumulado, aproveché para vaciarlo en esas tribunas. De allí que muchas veces sea tan evocativo, me plante en la infancia de pantalón corto, regrese con frecuencia al Santa Librada, eche paso en la zona de tolerancia, siga tirando piedra contra el binomio gobierno-fuerzas armadas en permanente 10 de Mayo, rememore la fundación del movimiento supremo en la historia de la protesta.

Los ahorros literarios me dan de cuando en vez la mano para cumplir con tanto requerimiento. No es porque me estén comiendo la nostalgia o la melancolía. Y ni siquiera la saudade, palabra tan linda. Es porque tengo muy presente ese pasado donde supe irme fabricando un futuro con mermelada. Con los rayos del sol que entran en mi estudio esos amores empastados, en frascos o en sus dos piernas. Quiero decir en forma de libros, de licores, en cuerpo y alma. Ha sido gratificante deslizarse por la existencia leyendo libros con soda, bebiendo whisky con condones y haciendo el amor con cortapapeles.

Un colega escritor y columnista caleño me hizo sentar a la mesa con Jorge Isaacs, con quien todavía no hago migas. Tanto mi profesor de literatura como el poeta Carranza me habían increpado que nunca estaría hombro con hombro con el autor de ‘María’. Hay un montaje fotográfico que les da un mentís. Cuando el piedracielista, por allá por el 1966, me hizo ese desafío en un festival de poetas, acepté el reto pero a muerte, con floretes o con pistolas, en la hacienda El Paraíso. No asistió, por lo que fue declarado técnicamente muerto por los padrinos.

García Márquez solía repetir que escribía para que los amigos lo quisieran más. Yo lo que consigo es hacer rabiar más a mis enemigos. Lástima que cada semana sean menos. Algunos van muriendo de tirria, otros de resentimiento y envidia, a otros se los está manducando el párkinson, y el sida al más ponzoñoso. Sus supuraciones mefíticas indican lo avanzado del mal.

Algunos proponen que me suspendan las columnas, prefieren perderse el placer de leerme y mandar sus ultratajantes cuchufletas con tal de perjudicar mi cuenta bancaria. A ellos les refresco que el reconocimiento económico es inexistente, pero me siento muy bien remunerado con el honor de permitirme de vez en cuando asestarles sus patadas en el trasero.

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