Entierro de la abuela (4)

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Entierro de la abuela (4)

Julio 09, 2013 - 12:00 a. m. Por: Jotamario Arbeláez

Luego de que en pleno velorio de la abuela mi hermano forrado en Cristo exorcizó con éxito la presencia del demonio metiche, que terminó de patitas en el hospital, y que me contó las últimas horas de Carlota la que alborota, entable esta conversación:–¿Y tú qué hacías, hermanito? –Leí la Biblia. –¿Hasta qué horas, hermanito? –La Biblia no tiene horas. –¿La leías en voz alta o leías para ti? –La leía para mí, en voz alta, para que ella oyera. –¿Y qué leías, hermanito? –El versículo 9 del capítulo 9 de la segunda parte del libro de Zacarías: “Salta, llena de gozo, oh hija de Sión, lanza gritos de alegría, hija de Jerusalén. Pues tu rey viene hacia ti”. –Y ella, ¿te dijo algo? –Me dijo que se pensaba morir mañana. Que ya había puesto el estropajo a secar sobre el asiento de mimbre. Que no le fuera a decir a nadie mientras ella, después de arreglar el cuarto y tender la cama sin una arruga, no me mandara a decirles a todos que se acercaran para despedirla. Que nada le dolía y que no se iba a morir de nada pero que era el momento y no lo podía dejar pasar. Que te llamara a Bogotá, para que te apresuraras a verla expirar tranquila. –Vine en el primer vuelo que conseguí. Pero murió antes de mi llegada, antes de recibir ella mis lágrimas sobre sus mejillas, antes de recibir yo de ella el postrer suspiro.Aspiré la última pitada de mi bareto profanador, sin ofrecerle a mi hermano. Él ya había encontrado a Dios en sí mismo, como los grandes profetas, yo apenas andaba en la búsqueda a través de mis negaciones. –Ese señor al que exorcizaste de entrada, el levantador de cadáveres, me estaba hablando del alma de nuestra abuela. Que él se ofrecía para que permaneciera en el purgatorio sin someterse al sorteo. Aunque también me dijo que si le cantaban el infierno no había por qué preocuparse. Que el infierno no es tan malo como los mortales se lo imaginan. Es más, que el infierno es el cielo del pecador. Menos mal que lo descubriste y lo fulminaste. –Pero abuela, ¿qué pecados podría tener, si era la virtud en pasta sobre mi cepillo de dientes? –Quién sabe. Se peca sin saber, sin querer y hasta sin poder. –A la abuela Dios se lo perdonaría todo, porque ella era la inconsciencia pura. Recuerda que ni siquiera sabía leer ni escribir. Y le encantaba comer con las manos. Ayer le tomaron una foto. Dijo que era la segunda que se había dejado tomar en la vida. Que nunca le había gustado verse al contrario de como era, perdonándole al espejo de la cómoda, porque en ese caso no había nada qué hacer. En ese espejo se había reflejado toda su parentela. En ese espejo había visto la muerte todas las noches de la semana pasada. Era igualita a ella, llamándola. Con un traje de medioluto, blanco, con medialunas negras. Me dijo que la muerte era dulce, más que ella, y que cuando muriera revolviera un café caliente con mucha azúcar y lo bebiera. Y que si no llegabas a tiempo te guardara un sorbo. –¿Me lo guardaste, hermano? –Aquí te lo tengo.Y me alargó un pocillo con un poso frío y amargo. Acto seguido me entregó la caja de manjarblanco, que él pensaba que a mí me correspondía. Eché la caja en la basura y la resma de billetes, sin contarlos, en el bolsillo. Ni siquiera le alargué una comisión, convencido de que como espíritu puro detestaba el estiércol del demonio. Le encarecí que no le fuera a contar a nadie. Y que más bien me aplicara su bendición de iniciado. Él me puso la mano en la frente y dijo: “Divino Maestro, mi Señor y mi dueño, mi fuerza, mi luz y mi todo, en tu nombre, cubro con tu sangre preciosa el espíritu, el alma y el cuerpo físico de tu hijo Jotamario Arbeláez, por dentro y por fuera, para el perdón de sus pecados, y para la protección contra el Maligno”. Livianito, a salvo en adelante de todo mal y peligro, me dirigí a la sala donde estaba terminando el rosario. Al asomarme por la ventanilla de vidrio nacional, vi que la abuela me picaba un ojo.

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