El Teatro Colombia

El Teatro Colombia

Mayo 13, 2019 - 11:50 p.m. Por: Jotamario Arbeláez

Fui desde niño hasta adolescente un adicto del Teatro Colombia, el de la tercera, donde el portero Escobar me dejaba entrar sin boleta pues consideraba que, al igual que mis primos Fabián, Martha Nelly y Gabriela Esther, era también abuelo mío don Santiago Isaza, administrador del teatro y casado con la mamá del esposo de la tía Tina, que vivían en una sección del teatro, los abuelos en el segundo y mis tíos en el primero.  Allí montaron una tienducha hacia la Avenida Colombia que atendía mi abuela Carlota, quien no sabía leer ni escribir pero sí sumar y restar sin calculadora.

En ese teatro vi la saga completa que me metió en el tema de la literatura de anticipación: Invasión a Mongo, Invasión a Marte y Flash Gordon conquista en universo. El teatro se fue especializando en películas mexicanas, y allí me familiaricé con las actuaciones estelares de Arturo de Córdoba y Zully Moreno, de Pedro Infante, Luis Aguilar, Pedro Armendáriz y Joaquín Cordero, Carlos López Moctezuma el villano del celuloide, Joaquín Pardavé, Domingo y Andrés Soler, el luchador Wolf Rubinsky, Rafael Baledón, (hago esta lista de memoria y veo que voy bien), de María Félix, Libertad Lamarque, Dolores del Río, Elsa Aguirre, Silvia Pinal, Lilia Prado, Marga López, Katy Jurado, Miroslava, Sara García, las bailarinas Lilia Prado, María Antonieta Ponds y la Tongolele, los cómicos Cantinflas, Tin-Tán y su carnal Marcelo, Clavillazo que era además bailarín, y los cantantes Pedro Vargas, Jorge Negrete, Enrique Guzmán, Los Panchos, sin olvidar a Pérez Prado, creador del mambo.

Una fase reiterativa de las películas era la sonora bofetada que por cualquier 'quítame allá esa pajas' le propinaba el héroe a la protagonista, que caía derrumbada sobre la cama, lo que se fue convirtiendo en moda en Latinoamérica, pues el cine mexicano era nuestra segunda escuela. De allí pudo originarse el llamado machismo que hasta hace poco nos aquejaba. Enfrentados al feminismo, que para nada es un movimiento pacífico ni transigente, pues su objetivo es acabar hasta con el último machista.

De pronto el teatro no se contentó con proyectar los mexicofilmes, que tenían un público múltiple, y comenzó a invitar a las luminarias que en ellos actuaban, las cuales se presentaban en el tablado adecuado luego de alguna película pertinente, tiempo que aprovechaban las estrellas para consumir aguardiente en la tienda regentada por abuelita. Allí llegaron María Félix, Libertad Lamarque, Los Panchos, Pedro Infante, Luis Aguilar y muchos otros que no registro. Calculo que era por el año 51 y 52. Me escondía muerto de miedo detrás del mostrador para que no me viera el monstruo de Moctezuma, quien fue capaz, en El gendarme desconocido, de darle una paliza a Cantinflas, que era mi ídolo, a pesar de que no le entendía nada de lo que hablaba, pero me hacía reír de todas maneras.

Después de toda la peliculería mexicana, a la que asistíamos entusiasmados y libertinos los estudiante de primero de bachillerato del Colegio Americano, y del paso por sus tablados de los artistas y cantantes, el teatro devino hacia cintas de todas partes, lo que hizo que la audiencia fuera mermando. Y ya no podía estar uno sentado en medio de la sala semivacía porque no faltaba el ser invisible que se sentaba al lado de uno con intenciones.

Tenía Luis Torres una pequeña biblioteca donde descubrí un tomo que me llamó la atención por cuanto contenía mi nombre y una actividad a la que querría dedicarme: Mario y el hipnotizador. Cuando me lo encontraba me quedaba horas enteras los ojos fijos en la carátula, hasta que abuela me chuzaba con los dedos la espalda y me ordenaba: “Movete güevetas”. Entonces reaccionaba y me encaminaba a la puerta del teatro y con la aquiescencia del portero veía cintas por el estilo de Dios se lo pague o El peñón de las ánimas. No había llegado aún la producción de la nouvelle vague, en la que me emboqué de inmediato, abandonando para siempre los laboratorio de Churubusco Azteca.

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