El proyecto inmortal

El proyecto inmortal

Julio 23, 2018 - 11:50 p.m. Por: Jotamario Arbeláez

A Marlén Campo, in memorian. Mi mujer no está. Es una modelillo de Bellas Artes que me ha abierto posada mientras la bese y le lea, en mi pobre francés, a los poetas malditos, en especial al bretón Corbiére: “Murió dejándose vivir, y por no saber acabar, vivió dejándose morir”. La levanté en una mesa atestada de músicos de protesta donde reposaba el culito, componiéndole la canción ‘Ámame o bájate’… Reconozco que la canción no acabó de tramarla, no sólo por falta de fundamento sino porque en esta ocasión no fui yo el intérprete, pero cayó rendida del sueño de ser amada por alguien que le enviara una postal pornográfica con esta gardenia: “Yo soy el buenavida que tú necesitas”. Cayó rendida en mis cuatro abrazos sobre las cuatro patas de su cama de matrimonio. En la pared que da al sanitario hay un cuadro del pintor Kat, su esposo, también de 20, que la estampa sobre la tela en decúbito prono azul con la zanja generosamente dispuesta. Me la presta y admite que no me le despegué, pero él tampoco se me despega, obsequioso. Se me hace que al personaje le hace falta un tornillo…

Ella es menuda, rubia, coqueta, con un tic nervioso bajo los panties, unas gafas violeta para disimular el ojito bizco, tiene pecas y un lunar de sangre en la base de la mama derecha, que le succiono chinchoso mientras dormimos. Ya metí un par de calzoncillos y de medias en su ropero. Vaselina en su mesa de noche. Y mi loción Old Spice en su gabinete. Nos reflejamos impecables en los ojos ardientes del uno al otro, perdonándonos las ojeras. Ella me masajea la espalda con los senos erguidos y me sube el periódico. Yo le corto las uñas de los pies y le pulo la U de los talones con piedra pómez. Un domingo regresó de la calle muerta de la risa con el periódico donde un indignado lector me tildaba de poetastro. No te rías tanto, le dije, que me podría dar un infarto. Y me empeñé vanamente en convencerla con el mediocre calambur de que algún día sería un astro entre los poetas.

Mientras ella se baña escucho la banda sonora de Zorba el griego. Pego en un álbum los recortes de los periódicos. Y ojeo tarjetas postales del Océano Índico. A esta mujer sí no me la pierdo ni la voy a perder con nadie, así me toque amarrarla a la pata de la cama. Aunque cuántas se han ido con todo y cama. La quiero para hacer el amor, y la quiero para hacerle el amor al amor hasta que se acabe. Esta mujer es mía aunque sea del otro mundo. Con múltiples poemas honraré sus orgasmos múltiples. Es mi segunda oportunidad. Después de la primera, todas las mujeres son la segunda.

Le confié que desconfiaba del cáliz femenino, de la rosa entreabierta, por una precoz sorpresa venérea que me dejó viendo un chispero. Me tranquilizo dando un giro de ciento ochenta grados, que convirtió nuestro romance en algo todavía más profundo. Mi reino por la redondez de estas nalgas…

Ya tengo el proyecto del dramón que nos va a hacer inmortales, con perdón de los gusanos: para empezar, simularé que está muerta, que falleció en mis brazos por una sobredosis de sexo extremo sin analgésico, que incapaz con la vida sin ella me propuse buscarla hasta el fin del mundo y del otro mundo, que guiado por un maestro de literatura portátil como bien podría ser mi amigo el Monje Loco descendería a los círculos infernales, purgatoriales y celestiales hasta encontrarla, y lograr el permiso de Nuestra Señora de retrotraerla a la tierra de mi cuarto, donde nos dedicaríamos a la continencia y a la obras piadosas. Tal vez el argumento no fuera muy original, pero yo sabría adobarlo con mi estilachuda terminología vanguardista, y lograr colocarlo en una editorial especializada en la trascendencia. En fin, por encima de todo, por encima de las nubes y de las lunas versátiles, del Sputnik y del Thor Able, estamos mi máquina de escribir y yo, vigilantes, mientras nos duren los bosques.


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