El novio dijo no

El novio dijo no

Mayo 06, 2019 - 11:50 p.m. Por: Jotamario Arbeláez

Me permito presentar el epílogo de La novia dijo no, publicado por Cátedra Pedagógica, con el que espero ganarme un premio, así sea de consolación.

Después de unos primeros intensos años de nuestro romance instantáneo, ella de 26 años y yo de 48, en los que no nos despegábamos sino para sentarnos a comer y a las demás funciones reglamentarias, llegó el tiempo en el que sin motivo aparente a mi deseada le fueron cayendo parejos los hielos polares y los devaneos con el espíritu, no sé si producto de sus lecturas orientales de cómo alcanzar la armonía, o de desarreglos nerviosos, musculares o sicológicos, pues no tiene por qué haberle llegado la ‘fecha de vencimiento’.

A cada una de las ávidas pretensiones del árbol de deseos del cuerpo, ya no sólo las atrevidas y pintorescas que sirven como abrebocas y como postre sino las normales del plato principal sin adobos, me respondía con el mismo No categórico utilizado para finiquitar las ceremonias nupciales o las simples peticiones de mano. Y yo buscando remedios para esta inquietud que linda con la inspiración, pues si no satisfago mis apetencias de la carne cómo puedo estimular mi espíritu lírico, cada vez más de capa caída, como bien puede colegirse. Ya las colegialas crecieron y como fans salieron de mis fantasías y la ciudad está lejos y ya no es hora de volver a empezar. A lo único que tengo para apelar es a las remembranzas de mi voluptuoso prontuario, con el fin de plasmarlo sobre los 12 volúmenes que pergeño de Los días contados, evocación que me significa retrotraer al orden del día las estridentes convulsiones de aquellos orgasmos multifacéticos que me suelen desembocar en silentes poluciones nocturnas.

Como consecuencia de sus contactos con el Universo y de la búsqueda de mi amada de la gran armonía cósmica, cosa que está de moda entre sus amigas, o simplemente por esa ‘fatiga de metal’ que se dictamina de los aviones cuando caen en picada, fueron entrando en el cuarto de San Alejo los toqueteos manuales y digitales, para evitarme una hernia se suspendieron las piruetas del Kamasutra, las lenguas volvieron a sus fundas, escasearon los escarceos, la retaguardia cerró el servicio, los videos de cine rojo fueron suplidos por superproducciones de mantrams, de mi mesa de noche desaparecieron Lolita y Candy reemplazas por Alicia en el país del espejo y por los diarios de Anita Frank. Me sentí abocado a convertirme en un eremita recluido en lo hondo de sus cuerpos cavernosos.

La resignación, que no había sido nunca mi fuerte, comenzó a forzar mi renuncia a saciar eso que el sicólogo de ocasión considera una escabrosa arrechera similar al priapismo, originada en mis precoces y procaces lecturas de adolescencia y a mis bailoteos en Juanchito. Me recomendó la frecuentación de los místicos españoles, el consumo que ellos hacían de nenúfares que es la planta más antiafrodisíaca que pueda existir, y los baños en la tina con hielo tres veces diarias, dictamen que a pesar de haber seguido al pie de la letra no parece surtir efecto.

Hasta que uno de estos atardeceres venturosos en que la luna parece no caber en el cielo, a las rutilantes edades de 55 y 77, luego de una larguísima abstinencia sin paliativos, en nuestro palacete campestre recién edificado para la convivencia postrera, al pie de la laguna de Iguaque, en la Villa de Leyva, tuvo el comedimiento de presentárseme a la salida del baño como si acabara de llegar al mundo y susurrarme con un aire decidido de Mesalina: -Puedes hacer conmigo esta noche lo que te plazca.

Tuve a bien responderle con un aliento de frescura retaliatoria la palabra que siempre fomentaba mis desencantos: -Hoy no, querida. -¿Y por qué? -Porque hice lo mismo que están haciendo los hombres que viven igual tormento. Me tomé una pastilla de esas recién inventadas para rijosos insistentes y permanentemente frustrados, a base de serotonina y esteroides anabolizantes, para que no se me pare. Allí tengo el frasco.
Desde entonces dormimos como benditos.

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