El inquilinato de la prosa

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El inquilinato de la prosa

Enero 27, 2020 - 11:50 p. m. Por: Jotamario Arbeláez

Una dama muy culta y muy pizpireta me preguntó en el lanzamiento de una antología de poemas eróticos por qué había dejado de escribir esos mis tan buenos como ardorosos poemas de cuando era joven y nadie respondía por mí —y aquí se le quebró la voz—, para dedicarme semanalmente a expresar por medio de la prensa escrita esas, cuando no lánguidas, tórridas prosas acerca de la prosopopeya del acontecer.

Ay, señora, le lloré sobre la rodilla —pues el hombro estaba ocupado por una mantilla adquirida en Sevilla—, porque por lo que usted llama mis buenos poemas nadie da un céntimo, y en cambio con todo lo que expreso en prosa cambia la cosa. Sin necesidad de agredir a las que ahora llaman divas prepago, en las revistas del corazón, del sexo y demás vísceras me consienten con razonables tarifas por todo lo que expreso acerca de mis relaciones peligrosas con semovientes empolvadas, con tal de que el elemento expresivo no sea el poema.

Así, en los últimos años, no aparece una poesía con mi firma —ni con la de nadie— en ningún periódico o revista —que ya no publican poemas—, y en cambio sí me dan todo el despliegue con notas que parecieran no requerir de la majestad y el cuidado de la manifestación lírica. Pero mamola, como suelen exclamar los políticos al borde del sacrificio. Todo lo que escribe un poeta son poemas, así sea manifiestos de aduana o últimas cartas al señor juez.

Amén de quienes me tratan más mal mientras mejor me expreso, de quienes no consienten que me apoye en metros tan dispares que saltan a los territorios prosaicos, sin contar con que están armonizados con mi sana respiración de no fumador, algunos lectores superlativos me lo han manifestado, y me voy a poner en esas. Debo seguir expresando mi poesía sin temer de la prosa el inquilinato. Así la llamen prosa partida —pero miren el picar de las particiones— los que no han saboreado aún el café au lait de la ultramoderna poesía popular. Que no será esa pobre prosa que está condenada a ser mañana la del periódico de ayer.

Mire usted, mi señora, este texto precisamente, hace poco publicado en la prensa, aquí está el recorte, fíjese cómo lo pongo sobre la mesa de disección, al lado de la máquina de coser de mi padre y el paraguas de Lautréamont, atienda cómo le fui rebanando unas cuantas lajas superfluas, que reemplacé con alusiones carnudas a la guerra que nos desangra y a la poesía coagulante, mire cómo la fui partiendo en retazos de partitura y ya estuvo el poema, recuperado, empacado al vacío y directo al grano.

Los poetas deben dejar de croar poesías para dedicarse a escribir lo que les corresponde, dado su manejo del concepto azaroso. Poner al poema a exigir la paz, es no dejar en paz el poema, para que el mismo poema se encargue de exasperar al viento que exaspere al violento. Los antagonistas dicen hacer la guerra para obligar al otro a que haga la paz. Y por eso piden que sea el otro quien baje las armas. No se le pidió al poeta que tomara partido. Pero vaya si Homero y Afrodita no estuvieron de parte de los troyanos. Y cómo los más serios cronistas de la segunda guerra mundial se manifestaron en contra del holocausto.

Nos están matando a todos así el muerto no seamos ni tú ni yo. Y para señalar todas estas muertes tenemos que alzar la mano llena de versos punzantes y dejarla caer sobre el victimario. Y no sólo hay que tratar de la guerra sino pintar la crónica del erotismo que a diario nos presenta venturas y tragedias qué recordar, poniendo de presente ese elemento que mueve la vida bajo el sol y las altas estrellas cual es la rosa entreabierta. Ante la que me inclino y aspiro con la veneración que merece.

Entiendo que mucha gente no comparta que este tipo de temas se envuelvan en poesía. Pido perdón a quienes aún respetan los formatos tradicionales. Pero a ellos les prometo que con este lenguaje —en el que lo importante es el tono más la chispa de virulencia—, me vuelvo a ganar, en algún momento, un importante premio de poesía. ¡La madre que sí!

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