El cuento de Rosita (1)

El cuento de Rosita (1)

Septiembre 20, 2016 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Ahora que la paz se aposenta, es bueno para los escritores que hicimos la guerra a la guerra para que llegara la paz cambiar de temas políticos y pasar a los aposentos. Un buen cuento de amor no le cae mal a nadie, sobre todo por el periódico. Así cumplimos con nuestro viejo reclamo de hacer el amor al amor, y no la guerra. Pido la venia para insertar uno de los textos que harán parte del libro a editar por el poeta Maca, director de Yaugurú, en Montevideo, titulado El arte de pedirlo:Alguna vez viví solo, según registra mi Diario de un olvidadizo, y fue cuando me dejaron en masa mis seis amantes titulares. No lo podía creer. Cada una se dio cuenta por aparte de que convivía con otras cinco. Todo se debió a los celos de una séptima a quien no di cabida, pero a quien en un trance de vinos tuve la debilidad de contarle del encarte en que me encontraba. Por aquel tiempo, bastante avanzado en el zen, había hecho al venerable Buda la promesa de no pelear por nada con nadie. Y así, los amores pretéritos se me iban acumulando con los recientes. En castigo por mi inusual trance de sinceridad, la rechazada ofendida, ni corta ni perezosa, las llamó a una por una con el chisme del siglo. Y al tiempo se me cerraron todas las puertas. A mí, que siempre había aspirado, ya que no fui marino, a tener en cada puerta un amor.Tuve que regresar con el rabo entre las nalgas a mi apartamento de soltero en La Soledad, a consolarme con mi libroteca suspendida de las paredes, y con la música de Los Panchos y algunos tangos que nunca antes me permití degustar. Pero no me resigné a la música ni a la tusa. No sabía por cuál de mis ex sufría, pues la pena por cada una acababa con las de las demás. Y al fin y al cabo los amores son para perderlos, o para que lo pierdan a uno. Resolví, pues, continuar con mi ritmo, pero apelando a ese estado de la embriaguez que, por lo menos en mi país, se conoce como ‘laguna’. Ese espacio de tiempo en que no se registra ningún recuerdo. Y en el que por lo general se cometen locuras.Confesiones como ésta deben de ser mal vistas y peor oídas en sociedad por las presentes calendas, cuando todo el mundo no tiene ojos y oídos sino para las noticias atroces. Los reconcomios del amor son imperdonables, sobre todo cuando no sufre la víctima sino que se sacude de la paliza con el cinismo. Pero voy a continuar con mi tema porque para eso me pagan (en los periódicos). Y además porque muchos ya no me perdonarían que los dejara empezados.Me tomaba todas las noches, antes de salir de jolgorio, media botella de vodka con zumo de mandarina en la soledad del estudio, mientras leía Las desventuras del joven Werther y Mi vida y mis amores, de Harris. Me calaba mi chaqueta de ante y, a sabiendas de que ya no estaba registrando, me iba de levante por los bares más estrambóticos, de jovenzuelas pizpiretas o señoronas desprogramadas, por lo general high. Nunca prostíbulos. Manejaba por esa época los bolsillos morrocotudos, producto de mis reclamos publicitarios que conducían a las cajas registradoras a públicos embobados, los mismos que se negaban a leer mis poemas contra la enajenación colectiva. Cuántas amigas tuve en todas esas noches de amnesia temporal y prefabricada, y cómo se llamaron y con ellas qué tanto hice y en dónde, es información que no debe haber quedado ni en los archivos akásicos.Me salvaba así de la tentación de la recaída, de tirar dos veces un rayo en el mismo sitio. El hecho es que despertaba por las mañanas con las camisas hechas un asco de besos, los pañuelos engominados, hediendo a nicotina, yo, que no fumo. Y sin saber si había dormido solo o con una pareja madrugadora, de esas que tienen que trabajar, pero primero ir a la casa a lavarse dientes y cuca y cambiar de cucos. (Continuará)

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