Confitero

Confitero

Enero 06, 2015 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

A los 10 años decidí ganarme la vida, dado que el magro sueldo de mi papá en la sastrería de don Jacobo apenas si daba para los gastos de la casa. Con serrucho y martillo más tres tablas de una cama desbaratada y una tira de cuero construí mi cajuela de vendedor de golosinas en el teatro San Nicolás, recomendado por don Santiago Isaza, que era director de Cine Colombia, y el hijo de su mujer marido de mi tía Tina. Ya ensayaba ser escritor, pero el profesor de castellano que me cargaba bronca me dijo: “Con la literatura no va a ganarse ni un peso. Dedíquese más bien a vender maní”.La tía Tina y Luis Torres tenían una tenducha frente al río, donde despachaba mi abuela, detrás del Teatro Colombia, especializado en películas mexicanas, y en presentar en persona luminarias aztecas, de Los Panchos a Pedro Infante, y hasta al malo de las películas, Carlos López Moctezuma, quien me hizo orinar en los pantalones cuando me clavó la mirada, en tanto sorbía un aguardiente en la tienda. Ese actor era terrorífico, hacía sufrir hasta la muerte natural a todo el elenco, y provocaba pavor el tenerlo cerca.Luis Torres surtió mi caja. Lo principal eran cigarrillos, porque entonces se podía fumar en los cines a pesar del último vidrio prohibitorio. Pero iban todo tipo de galguerías, que harían la delicia de los fervorosos del celuloide, muchos de corbata y sombrero, como papá cuando iba, con la desgracia de que empezaba a roncar paralelo con la aparición del león de la Metro.A las cinco salíamos de clases de la escuela San Nicolás, y apenas tenía tiempo de correr a casa, dejar el maletín y sin probar bocado salir con la caja al cuello rumbo al teatro para atender las funciones de vespertina y nocturna. Tenía un rival en el negocio, estudiante de la escuela Mariano Ramos, con una caja pomposa de varios compartimientos llena de productos de aspecto más atractivo. Lo llamaban Pelusa y pertenecía a la pandilla Veneno de la Calle 23, rival de la nuestra, todo un machote, quien me atemorizaba con su camiseta forrada en músculos. Apenas nos vio el proyeccionista, de bigotito a lo Errol Flint y camisa fucsia, a quien llamaban Nosferatu, pidió que en mitad de la película el que pudiera le subiera unos cigarrillos Pierrot. Dimos vueltas en la oscuridad cantando la letanía, que no se me ha olvidado: “¡Cigarrillos, fósforos, chicles, frunas, chocolatines, papitas fritas, maní de sal, el maní!”. Entre venta y venta me sentaba en una butaca y sacaba de cada bolsa de maní dos o tres granitos para calmar el hambre cinéfila. En un momento dado, en mitad de la película se reventó la cinta, quedamos en tinieblas mientras el público chiflaba y pateaba la espalda de las butacas, hasta que se oyó un grito dirigido al proyeccionista que todavía me resuena: “¡Nosferatu, soltá al muchacho!”. Como una iluminación me llegó el pensamiento: “Pelusa se mariquió”. Lo vi bajar abochornado las flacas escaleras de la sala de proyección, a cada zancada botando chicles, evitó mirarme y salió soplado del cine mientras se restablecía la proyección, dejándome la plaza para mí solo. Ingenuo, le conté el episodio a don Santiago. Tanto Nosferatu como Pelusa salieron al otro día como pepa de guama, dejándome con la vergüenza de haber sido sapo por primera vez en la vida. Pero me tranquilicé porque la barra de la 23 no volvió a atacarnos y cuando asistía a otros cines y se reventaba la cinta y alguien gritaba: “¡Soltá al muchacho!”, me tranquilizaba pensando que Nosferatu había recuperado su puesto.Mi otro problema se presentó cuando fui a cuadrar caja con Luis Torres. Estaba tan descuadrado que me preguntó: “¿Usted come mucho?”, enarbolando los mermados cucuruchos de maní. Bajé la cabeza. Vi que su rostro tomaba los rasgos insoportables de Carlos López Moctezuma. Presenté mi renuncia. La caja la conservo en la casa de mis hermanas. ¿Alguien me daría por ella un millón de pesos?

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