Confesión confusa (2)

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Confesión confusa (2)

Julio 30, 2013 - 12:00 a. m. Por: Jotamario Arbeláez

A cualquier hombre en sus cabales y con algo de atrevimiento le es dado en su cuota de vida activa amar a por lo menos tres generaciones del mismo tronco sin caer en la aberración. Cuando tenía 15 años tuve migas con una dama de 30 que ya tenía una hija de 10. Cuando alcancé los 25 heredé las caricias de esa niña que entonces tenía 20, y ahora que frisa en los 35 tiene una hija de 14 en quien deposito mis mejores deseos.Empero si las Memorias Eróticas de Casanova dieron para miles de páginas, las mías apenas ocuparían dos cuartillas a doble espacio. Con la condición de que para publicarlas tendría que esperar a que doblaran la página los cónyuges de la lista de ligas.Se me critica que descuide la poesía por la obsesión del erotismo, pues no soy cojo como Byron ni pederasta a la Cocteau. La poesía no se deja nunca como no se deja el vestido, así uno se lo quite todos los días. No sé qué contradicción hay en que un poeta sin pelos en la lengua y pocos en la cabeza detenga durante horas la mirada y la respiración delante de una hurí de colores con el propósito de saber lo que piensa sobre lo humano y lo divino, sobre los placeres y el vino, y escribir un texto apropiado para los devoradores de mitos. Ante el divagar del filósofo de pensamiento gangoso me quedo con la parla de bacará de las divas divagantes y vagarosas.No tengo nada qué hacer como reportero con personajes de pelo en pecho que por más razón que tengan de todas maneras me van a sacar la piedra. Para ellos tengo espacio en mi tribuna de polemista. Pero permitan que mi íntimo micrófono se impregne con el aliento y la sonrisa de quienes de otra manera tendría que contemplar desde la platea. No me sobra el dinero para asomarme adonde nadie me está llamando, y menos si es territorio vedado. Para retirar los mantos de Iris debo recurrir a la astucia. Y si el periódico me tiende el recurso que necesito, y me paga por disfrutarlo, bienvenido me declaro yo mismo a la expresión cosmética de mi desazón interior y de mi furor contra el mundo. En nada me opongo al sexo del sexo opuesto. Mi posición frente a él es múltiple según el diapasón del momento. Nunca me he quejado del amor rojo, sino de las espinas del amor rosa. Debo confesar que en los muñequeros, en virtud de unas entrevistas fastuosas que adelanto con unas galas de la especie, se me han subido como leche los humos y las acciones. A partir de ellas han reaccionado como debían las otrora beldades inconquistables. No tengo tiempo ya para leer a Frank Harris ni ojear mi vida secreta. Las mil y una noches son pocas y más pocas la once mil. Mi literatura se ha detenido en un punto menos que muerto. Mis trabajos publicitarios a duras penas fluyen flagelándome el inconsciente. No hay tentación en que no caiga y de la que no me levante cada mañana más feliz a la ducha. Con gusto habría devuelto la espada de Bolívar porque esto me hubiera sucedido en la adolescencia. Pero tarde es mejor que nunca para todo lo que nos llega.Con la grabadora ocupando el bolsillo de los cigarros, una canción de Polnareff tenuemente silbada bajo la lluvia y un llaverito de plata girando en el índice, me hundo en la noche cómplice pensando cuál será la próxima beldad que entreviste. Aunque a cientos de cuadras, en el café, mis amigos se rasquen los de ellos sí copiosos y grasos cabellos y censuren indignados los extremos de liviandad mental a que he descendido al dedicarme a sexo analizar luminarias interestelares.Siente uno el fresco mañanero de saber que las prosas que cosió hace 40 años siguen provocando la conmoción de entonces, pues están redactadas con el estilo pasional que ahora esgrimen los enardecidos anarquistas sensuales jóvenes y no tanto. No hay que tenerle miedo al sexo ni siquiera en medio de un yate en un maremoto. El miedo al sexo a lo único que conduce es a la impotencia.

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