Confesión confusa (1)

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Confesión confusa (1)

Julio 23, 2013 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Confieso que como galán he sido de lo más de malas. Más de malas que Valentino, que ya es mucho decir, pues según infidencias de Charlie Chaplin –otro que hizo el amor todos los días de su vida–, Rodolfo habría sido el hombre más amado del mundo y del celuloide, pero también el más traicionado.Yo ni siquiera supe de mis traiciones. Después de obedecer al monstruo de dos espaldas, retiraba los ojos a los romances de leyenda de la biblioteca. Me iba tras los pasos descalzos de la casta Susana, escuchaba el canto de la alondra y no del ruiseñor de Julieta, tomado de la mano de Beatriz accedía al Empíreo, me carteaba con la monja de Portugal. Y para no perder el hilo de seda de la concupiscencia terrena, me mantenía pendiente de los resabios del morbo, desde el rey Salomón hasta Henry Miller, atravesando al verdadero Barba Azul que fue Guilles de Rais, a Restiff de la Bretonne y al Marqués de Sade.Nunca pisé una cárcel por romper ni manchar un cristal con mi rayo de luz, y no por impunidad ni por amnistía sino más bien por escasez de cristales. La ‘frustrada vocación de gigoló’ que me adjudicaba Gonzalo Arango en mi adolescencia se me fue transformando con el paso de la arena por el reloj, en una sucesión de irrealizadas aspiraciones a Don Juan, al extremo de que mis amigos del burlesco terminaron llamándome San Juan de ‘la cosa’, dados mis amoríos con la yerba, o Don Juan de la Cruz por mi poesía erotomística. Aunque debo confesar que el tal Don Juan siempre me cayó como una pedrada, dado que su especialidad era el engaño y yo nunca quise que mis conquistadas se llamaran a tal, pues mi compromiso con ellas era hasta tanto reenfundara.He amado con todo el corazón y con esta mano a las más bellas mujeres de la tierra y ellas ni siquiera se han dado por aludidas; Marilyn Monroe, quien murió estirando la mano para contestar mi primer llamado; Brigitte Bardot, quien en vez de prologarme el poemario El cuerpo de ella, como se lo había pedido en el año 60 dado que ella me lo había provocado, se dedicó a darles su carnita a las focas y Anita Ekberg, por quien se me volvían agua la boca, el corazón y las piernas en la primera fila de butacas en el oscuro de mi pubertad.En mi reino sin agua tuve en cambio a Cora Zonite, sirena varada en las dunas de San Andrés; a Blanquita Baccarat, ‘la petí-putá’, de quien no puedo dar su verdadero apellido porque será de por vida menor de edad, a Sussy la coqueta, escapada del serrallo del rey Saud; a Okita Samurai, pompa del Japón; a Paloma Luna entre el clóset de su convento; a Amparo Arrebato en la luna de las discotecas; a Rosita Cristal a la vuelta de su colegio; a Patricia Lujuria en el zarzo de su penthouse, a Verbena Verbal entre los fuegos pirotécnicos de sus besos artificiales y a Samsarita Samarkanda dando vueltas sobre sí misma en el eje de mi deleite. Trabajo seudónimos para evitar reclamos de quienes puedan sentirse peligrosamente incluidas. Las novias de alto riesgo no las menciono para no crear pánico colectivo.Animosas señoras de carne y hueso dispersaron mis ojos adolescentes retrecheras a mis piropos pero ajenas a mis requiebros. Las miraba entrar en el Club, hundir el tacón de sus botas en las espaldas del palafrenero, colocar el ecuador de su cuerpo sobre la silla sin cabeza de sus cabalgaduras, aplaudir enguantadas tintineando sus joyas en el teatro, acelerar sus autos ciegos mal avenidas por la vida.Nunca me dieron ni la hora que por cierto no me hacía falta, ni el teléfono para evitarse indecencias anónimas, ni la dirección de sus casas para que no les enviara las mismas flores que arrancara de sus antejardines. Me queda el consuelo de ver cómo han ido pasando del salón de belleza a la pieza de San Alejo, mientras que yo apenas embalo en la recta final de los seductores mequetrefes.

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