Canción de amor

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Canción de amor

Enero 06, 2020 - 11:50 p. m. Por: Jotamario Arbeláez

Y sucedió lo que temía qué suceder. Mi mujer me empacó con todo y mi carga de libros y papeles y algo de ropa y me trajo a vivir en medio de los múltiples verdores de la madre naturaleza, la cual apenas conocía por los libros de botánica, al pie de un cerro sagrado donde habría comenzado la población del mundo según los muiscas, en cuya mitología me encuentro enfrascado y, como nuevo habitante vinculado al lugar, en la devoción por Chiminigagua, creador del Universo y divinidad suprema, según enseña la maestra.

Camino por el bosque tropezando con astillas de fémur de dinosaurio que desdeñan mis perros y pisando conchas y estrellas marinas fosilizadas, aunque se trata hoy de una sabana interior. Hemos construido, con el dinero que en medio siglo me granjearon por partes iguales la publicidad, el periodismo y la poesía, una casona que seguramente vista desde las alturas semeja el palacete de un desertor.
Pues según la cartilla de mi iniciación juvenil ser propietario de algo era ser ladrón. Desde que nos instalamos en este lugar, que debe ser el este del Paraíso, me he debido someter a tres intervenciones quirúrgicas, la primera de hernia discal por esfuerzos prohibidos en actividades permitidas, lo que me ha confinado a la cámara lenta; la segunda por rebote del apéndice sin ninguna secuela y la tercera la ablación de la próstata, que tantos deleites me dio con los montes de Venus, únicos que hasta el momento había frecuentado. Mas sigo sintiéndome como un toro, que por su propia cuenta y riesgo de dirige con pasos lentos al matadero con el Bardo Thodol bajo el brazo, para comenzar a leer tan pronto entregue la bravura.

Anteanoche en un sueño que se me hizo eterno era la Navidad, estaba no sé dónde y apareció un ángel volando con una pancarta azul que cantaba: “Salud, Dinero y Amor, ¿qué prefieres?”. Atiné a contestar: “¿Salud? Tengo una salud a prueba de balas. ¿Dinero? Cuando lo necesito sé cómo hacerlo. ¿Amor? Me llega por los cuatro costados, aunque cada uno es mirado con desconfianza por los otros tres”. Y me refería a San Gabriel, a San Miguel, a San Sariel y a San Azrael. El ángel enrolló la pancarta, me dio un beso, me echó la bendición, me dijo puedes volver, y emprendió vuelo.

Desperté rodeado de Claudia mi mujer, de mi hija Salomé y Jeff Curtis su prometido, de mi hijo Salvador y de multitud de parientes que me dieron la bienvenida como si acabara de resucitar. Sobre la mesa de noche encontré dos libros, el uno era de Eliot, donde leí este verso perteneciente a la ‘Canción de amor de J. Alfred Prufrock’: “Aunque he llorado y ayunado, llorado y rezado, / aunque he visto mi cabeza (ligeramente calva) sobre una bandeja, / no soy ningún profeta -lo cual carece de importancia”. El otro era ‘Yo confieso’, una entrevista a Marlon Brando, donde leí esta frase subrayada en mis años brujos: “He envejecido bastante bien. Cuanto más viejo, me he sentido más feliz. Más contento”.

Había dormido desde la noche de Navidad y estábamos en la noche del Añoviejo. Los abracé a todos como si acabara de recibir la iluminación, el samadhi, me fundía con el universo. Como no resistía emociones tan fuertes bebí los wiskis que no me había tomado durante mi catalepsia estelar. Pronto estuve a tono con la vida en la tierra, sonó esa prosaica canción que me acabó de bajar de las nubes, “Faltan cinco pa’ las doce…”. Me llamó desde Cali mi hermano el poeta Jan Arb, la propia voz de Cristo en familia a decirme que se acercaban los mejores momentos de mi existencia, pues había hecho lo propio para merecerlos. Y mientras alguien destapaba una botella de champaña Viuda de Clicquot, Salomé pidió la palabra para anunciarnos, mientras mostraba una figura de papel recortado con una pareja y un niño y una prueba con dos rayitas horizontales, que estaba esperando bebé para el 2020. El corcho voló como un cohete de feria. Hubo aplausos. Iba a ser abuelo por primera vez a los 80 años. Se me salieron las lágrimas que guardaba para mi entierro. Nunca pensé merecer tanta dicha. Con razón me devolvieron del Paraíso celestial al Edén de Chiminigagua. Gracias Salomé. Gracias Jeff.

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