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Aterrizando en París

Enero 11, 2021 - 11:50 p. m. Por: Jotamario Arbeláez

Era el año de gracia de 1983, cuando llegó una invitación oficial del Festival de Poesía de Macedonia, Las noches de Struga, a un poeta colombiano representativo. Como no sólo había ganado el reciente Premio Nacional de Poesía de La Oveja Negra, editorial por entonces de García Márquez, con Mi Reino por este mundo, sino que Aura Lucía Mera era la directora de Colcultura y el presidente Belisario, la llevaba ganada para la escogencia.

No había salido del país porque me había negado a adquirir la libreta militar indispensable para el pasaporte. Pero de alguna manera la hice posible y salí rumbo a París, donde la cantante Rosario Arias, que trabajaba en el consulado, se encargó de hacerme de cicerone. Iba lleno de dólares pues Propaganda Sancho y una hermana me respaldaban, de modo que bien podría comenzar a estructurar la toma del mundo que, según consideraba, ‘el profeta’ me tenía encomendada.

Entre todos los temas de mis agendas este es uno de mis preferidos, y ahora que las reviso me encuentro con los escritos de las tarjetas postales a mi mujer de entonces, que era la Maga, como la de Rayuela, a familiares y amigos, y de ellas voy haciendo este collage de experiencias.

Acuclillado como un clochard en la orilla izquierda del Sena, mirando discurrir la historia de Francia, lloro porque tanta agua haya pasado bajo sus puentes sin que yo la viera en 42 años. Llevo apenas una hora en esta ciudad y ya la amo como si fuera mi madre. Nadie salió a recibirme al Charles De Gaulle y casi no puedo conseguir hospedaje. Tenía noticia del Hotel de Flandre, en cuya buhardilla había escrito Gabo, quien acababa de recibir el Nobel, El coronel no tiene quien le escriba. Rosario me acompañó para hacerme entender y cuando le solicité esa habitación a la dueña, toda una señora ogro, diciéndole que yo también era escritor, le mostré la foto donde estoy con Gabo en casa de Aura Lucía Mera celebrando mi premio, y donde al fondo se ve Rosario cantando acompañada por su guitarra. La señora miró la foto repetidas veces, lo mismo a mí y dijo una frase gruñona que la bella contante me tradujo al pie de la letra. “Deberá pagarme por adelantado los días que vaya a estar”. Le mandé a decir que cuando volviera en la noche me tuviera una botella de whisky con mucho hielo. A lo que respondió con un rotundo: “Pas de glace”. Ante lo cual decidí trasladarme al Ritz, en cuyo bar que hoy lleva su nombre Hemingway escribió y bebió y se fue con la cuenta de 51 dry martinis.

Sobre las gradas de Notre-Dame me siento más jorobado que Quasimodo pero sin modo de quejarme. Todo va saliendo muy bello pero todavía no he cambiado una palabra con nadie aparte de mi guía y sólo mi primer billete de cien dólares por un chorro de francos. Son las 10:30 p.m. en esta Ciudad Luz donde apenas está oscureciendo. Se me viene a la mente mi recién desaparecida María de las Estrellas, a quien creo ver entre la multitud de veraneantes que circulan por Saint Michael.

Trato de galantear a mi guía pero ella me despide aduciendo que tiene una cita de amor con un ángel del cielo que le llega a su cuarto a la medianoche. A esa hora, después de recorrer cien veces Saint Germain des Press, descubro el Café de Flore. Tomo un Tío Pepe con Frankfort para que no se me note la universal provincia. Esto está lleno pero Sartre hace 3 años saldó la cuenta y nadie tiene cara de poeta. Mitos que nos inventan los existencialistas.

Descalza como lo requiere su belleza y el verano, echando hacia atrás la mata de pelo oromiel, parada sobre una bayetilla de terciopelo del Segundo Imperio, sobre la que deberán rodar mis francos calientes, rasga una guitarra y su voz atraviesa la terraza y la vidriera que la separa del bar interior y asciende toda llena de una gracia latina a las copas de los árboles del boulevard. Por el timbre argentino de su voz deduzco que viene del cono sur. Las canciones se suceden intercaladas en el castellano de Pablus Gallinazo y el francés de Moustaki. Oh la la…
Libertad es mi nombre, dice. La vida se ha puesto para mí vestido de hojas. Nadie le tira una moneda a sus pies que yo bañaré con mis lágrimas y champán.

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