Aniversario de un amor ido

Aniversario de un amor ido

Junio 17, 2019 - 11:50 p.m. Por: Jotamario Arbeláez

                                                                                                    A Marlén Campo, la que vivía
                                                                                                                                bajo mi cuerpo.

Una que entre mis brazos fue pura fragancia de paraíso, entre cuyos pliegues de seda fluyó caudalosa mi primera juventud galopante, por quien perdí cordura y kilos cuando me bajó de la cama, reposa ahora vuelta ceniza enamorada en el estuche donde guardaba mis cartas. Le sobrevive en mi gabinete la espuma de afeitar que me regalara en Nueva York cuando, 33 años después de nuestra ruptura, viajara como rufián poético a dar a conocer en la sala del consulado la obra dolorosa inspirada en ella.

Se la quité al pintor y me la quitó el cantante. Yo tendría 22 años caleños, demasiados para tan poco dinero en tantos bolsillos, ella 20, y ya sabía que el cuerpo servía para algo más que para vestirlo. Desde un principio me propuse, con la fuerza de nuestro amor, redimir al género humano. Un poeta enviado de Dios y una modelo endemoniada oficiándole a la belleza, era lo que necesitaba la nueva sociedad para calentarse e iluminarse. Fue mi primer amor, y podría decir que el último, por cuanto mis últimos amores resultaron lastimados por el primero. ¡Cuánto la amé, Dios mío, que todo el amor potencial de que me llenaste lo gasté en ella!

Cuando ya me creía el rey de la poesía me puso unos cuernos ‘dum-dum’ que terminaron por tumbarme la corona con todo y pelo. Me prometí no volver a caer en la ingenuidad de amar a una mujer como si fuese la única. Después de haberme ensañado con el cantante me di cuenta de que él había sido el de menos, pero, como me confesó llorando lágrimas de cocodrilo en la terraza del Empire State, no lo hacía como yo por mi lado, para satisfacción de mi terca lujuria, sino porque de algo teníamos que vivir. Así podía regresar a mí con una obra de Walt Whitman y una milhoja.

En ese tiempo todavía se estilaba levantar la mano pretendiendo lavar el honor a coñazo limpio. Casi se me quiebran los puños. Antes de que un cabrón olímpico me explicara que no había que hacerse mala sangre por un polvo extraconyugal: “Tranquilo, colega, que eso se lava y queda igualito”.

“Marlén murió”, rezaba el lacónico mensaje de su hija Alexandra en mi contestador telefónico, “le dejó salude”". En el último año oré por su recuperación todas las mañanas mientras me jabonaba con lágrimas en la ducha. Pero el cáncer fue más fuerte que mis plegarias. Había viajado a NY en mayo del 68 para cortarme de tajo. De cuando en cuando me llamaba para preguntarme si en Colombia se había impuesto el perdón y olvido. Me reía sin deponer el rencor, sin darme cuenta que el bastardo había sido yo, pero ella siempre recibía feliz en su castidad finalmente recuperada el chasquido discreto de mi beso de despedida.

“Pasó a mejor vida”, me dice mi señora mientras remodela la casa. “Por lo menos mejor que la que yo le daba cuando vivíamo”, reconozco. Convivimos cuatro años deshaciéndonos en amor y treinta y tantos más lejanos que resentidos. Cada vez que me ganaba un premio de literatura, le restregaba los poemas que me había hecho parir. Ella me contestaba que si hubieran sido poemas felices habrían resultado ridículos. Y me hablaba de las irradiaciones que la estaban dejando calva. Menos dolorosas, en todo caso, que la lectura de mis Antimemorias, en cuyas páginas la dejaba crucificada. “El día que escribas algo digno sobre mí tal vez ya ni exista”. Ahora que ella se ha doblegado como una torre gemela, me asalta la sospecha de que tal vez logré mi propósito. Solo separados los grandes amores vivirán para siempre.

Pidió que la cremaran, porque había oído que así reencarnaría más rápido. Y ella no podía vivir sin la vida. Debo reconocerle que gracias a su entrega aprendí a vivir. Y a ser hombre y hasta poeta, así merezca un puñetazo en su desagravio por injusto y putañero. Y a sacar partido del infortunio. Hoy cobro por contar el cuento de mis cuernos de oro. Amén, amor.

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