Alcántara / Club

Alcántara / Club

Enero 29, 2018 - 11:50 p.m. Por: Jotamario Arbeláez

Para qué son los amigos si no es para recordarlos y visitarlos y celebrar sus triunfos y consolarlos de sus derrotas y sacar la cara por ellos cuando amerita. En mi reciente paso por Cali fui a ver a Pedro Alcántara, con quien me unen 55 años de complicidad en los embates de la brocha y de la palabra, en las luchas por la justicia y la dignidad, y en la aventura de afrontar el destino que decidimos. Es el pintor señero de la ciudad, de los más valiosos y más valientes de Colombia y del continente. Desde que regresó de Italia en 1963 y adhirió a nuestra planilla del descontento descolló por el arte que la crítica denominaría neo-figurativo expresionista, a todas luces denunciante del atropello, que pronto lo condujo a recibir el premio de dibujo en el Salón Nacional de artistas -que ganaría 5 veces-, al mismo tiempo que el también aliado Norman Mejía el de pintura. También juntos hicimos El ojo pop.

Alcántara, además del asombroso y vertiginoso reconocimiento que logró en Colombia desde su llegada de Roma, ha merecido algunos de los más importantes premios mundiales por su trabajo. Su compromiso político de la época hizo que en su momento nos desdeñara a los nadaístas por nuestra falta de consistencia en la lucha, sin considerar que nuestro jefe no era Marx ni Nicolás Buenaventura, y ni siquiera Gonzalo Arango, sino el mismísimo Patas en calzoncillos.

Adelante con su firmeza, llegó a ser senador por la Unión Patriótica en 1985, movimiento que fue prácticamente aniquilado y del que milagrosamente sobrevivieron dos nadaístas guerreros, él y la teatrera Patricia Ariza. Pero no fue un chepazo. A él llegó el sicario a ponerle la boca del revólver en la cabeza y tuvo la suerte de que no obturara el gatillo a condición de que aceptara el no volver a tratar en su obra la denuncia del atropello ni la exaltación de la insurrección. Se cambió a pintar flores, con el aroma venenoso que le permitía el ingenio para burlar el veto.

En mi visita al pequeño apartamento que comparte con su adorada prima y fotógrafa Mónika Herrán, me mostró sus pies y piernas llenos de llagas, secuela del estrés producido por lo que consideraba una alta ofensa que había recibido de Club Campestre. Su presidente le había invitado a hacer una exposición, de mediados de diciembre a febrero en el área cultural del Club. Estaba feliz porque pensaba que podría realizar una gran venta entre los socios por esos días de jolgorio. Así subsanaría parte de los agobiantes compromisos económicos por los que pasa, luego de haber sido un personaje boyante, pero su entrega indeclinable a la causa del arte lo ha tenido a un punto menos de la bancarrota.

Pero tuvo la sorpresa de que precisamente el día de inicio de la Feria de Cali el gerente del Club ordenó que le descolgaran la obra, en prevención de que pudiera correr riesgos con posibles borrachos. Ante ello pidió que se la devolvieran de inmediato. Tantos cuadros con tanto trabajo adelantados en tanto tiempo. Y allí estaba con ellos y con sus llagas. En momentos en que debería estar siendo objeto de homenajes por parte del país y de la región por sus méritos, resultaba siendo vejado por la burguesía peor que lo fue por el sicariato. Y ni modo de hacer reclamos, pues el abogado le dijo que llevaba las de perder.

Sin embargo pienso que una manera elegante del Club sería adquirir un buen cuadro, que indemnice la imagen de la familia Herrán Martínez, pues la encopetada madre de Pedro Alcántara, por los años 40, fue expulsada del Club por haber tomado la determinación de divorciarse. Anatema. Desde entonces el abuelo de Pedro tomó la determinación de no volver a pisar ese Club, y menos para que los siguieran pisoteando.

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