No dejar hacer

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No dejar hacer

Diciembre 01, 2019 - 11:50 p. m. Por: José Félix Escobar

En épocas pasadas se dijo que la labor del Estado consistía en dejar hacer y dejar pasar. La autoridad se convirtió en un simple espectador que observaba desde arriba el acontecer social y económico, teniendo como meta y propósito no inmiscuirse hasta que ello fuera absolutamente necesario. El modelo pronto se mostró insuficiente y el Estado tuvo que intervenir en la marcha de las fuerzas sociales para organizarlas y evitar abusos y desmanes.

Pero existen casos en los cuales la consigna de los dirigentes parece ser la de no dejar hacer y no dejar pasar. Un ejemplo aberrante de este obstruccionismo es el Metro de Bogotá. Resulta increíble, casi un guion de una película de horror, saber que hace setenta años se comenzó a hablar en la capital sobre la imperiosa necesidad de construir un sistema de transporte masivo Metropolitano. La densificación urbana ocurrida en la Sabana exigía resolver el problema del transporte.

En esas siete décadas Europa y Japón reconstruyeron la terrible devastación de la Segunda Guerra Mundial. China era hace setenta años una escabrosa dictadura comunista y el muro de Berlín se erigió, se utilizó para dividir a los alemanes y fue destruido por el pueblo dentro de esos setenta años. Uno tras otro los sucesos pasaban y el Metro de Bogotá nada que se construía.

Los pequeños y grandes intereses se coaligaron para impedir que la gran obra de infraestructura fructificara. Un alcalde hacía una propuesta y el siguiente la desvirtuaba. Con una notable ceguera los políticos capitalinos siempre trataron de impedir que la autoría del metro fuera capitalizada por los dirigentes de los otros partidos. La última etapa de este largo juego de suma cero tuvo como protagonista por supuesto a Gustavo Petro.

William Faulkner dijo alguna vez que “se puede confiar en las malas personas: no cambian jamás”. Con toda certeza Petro dejará huella en la política colombiana. Como alcalde de Bogotá fue un pésimo administrador de los recursos públicos. A este dirigente se le metió en la cabeza que el Metro de la capital tenía que ser subterráneo, desoyendo el consejo de los técnicos más sensatos que prevenían sobre la mala calidad del subsuelo Bogotano y señalaban los costos faraónicos que esa propuesta conllevaría.

Finalmente se impuso el proyecto del alcalde Peñalosa consistente en la construcción de un Metro elevado. Los organismos internacionales y el gobierno del presidente Duque avalaron este proyecto, cuyo contrato acaba de ser adjudicado a constructores chinos. Ojalá que los negativistas dejen de poner palos en la rueda y la capital pueda por fin contar con el Metro.

Los amigos de no dejar hacer se han incrustado en importantes dependencias estatales. Obtener licencia se ha convertido en un auténtico calvario. La vía Mulaló–Loboguerrero está prácticamente paralizada a la espera de que las autoridades expidan las respectivas licencias. De seguir esta feria de obstáculos no tiene nada de raro que los concesionarios resuelvan desistir del proyecto con un gravísimo perjuicio para nuestra región.

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La ambigüedad está haciendo carrera en América Latina. Un maestro del asunto es el presidente mexicano López Obrador. La alcaldesa electa de Bogotá entro en la misma honda: muy frescamente dio a entender que ella solo representaba a quienes la habían elegido y no a los que sembraron el caos en la capital.

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