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Los discursos y los hechos

Diciembre 15, 2019 - 11:50 p. m. Por: José Félix Escobar

Sobre los sucesos del 21N y los días posteriores, se han sentado dos posiciones, ambas equivocadas: la de los negacionistas que consideran que las marchas de protesta no son nada importante y que los hechos vandálicos son simples retozos democráticos; y la de los catastrofistas con sus arengas incendiarias que anuncian la caída del régimen y el hundimiento de todo lo establecido. Crasos errores ambos.

No se puede negar que desde el estallido social en Chile en Octubre una especie de latigazo de indignación ha golpeado a varios países de América Latina. Cada caso es diferente. En Chile los estudiantes efectuaban desde hace varios años protestas reiteradas sobre lo que ellos consideran altos costos en la educación que reciben. A eso se sumó el hecho incontrovertible de que la Constitución vigente data de la época dictatorial de Pinochet y que es necesario actualizar las instituciones a la medida democrática imperante en el mundo de hoy.

Detrás de los sucesos del Ecuador se encuentra el ánimo vindicativo del expresidente Rafael Correa, cuyos atropellos en el poder están siendo severamente corregidos por su sucesor Lenin Moreno. En Bolivia la indignación corrió por cuenta de los políticos que comprobaron el monstruoso fraude electoral organizado por los partidarios de Evo Morales. En ese país sigue vigente la espuria teoría según la cual el triunfo electoral todo lo perdona y todo lo absuelve, por lo que se vuelve imperioso ganar las elecciones al costo que sea.

El 21 de noviembre unos 300.000 colombianos marcharon por las principales ciudades del país, con una reprobable secuela de destrozos y vandalismo. Desde el primer momento se notó una gran distancia entre el discurso de los promotores del paro y los hechos comprobados. Los que se han agrupado bajo el denominado Comité Nacional del Paro inflaron sus pechos para afirmar que más de un millón de ciudadanos habían expresado su voz de protesta. Desconocen que en el mundo de hoy los drones y la geolocalización pueden contabilizar con exactitud el número de marchistas. No pasaron de 300.000.

Es indudable que existe descontento en Colombia. Los 12 millones de votantes que acudieron al plebiscito anti–corrupción representan una masa de opinión inocultable que está harta de la falta de representación política y que no soporta el continuo auge de la corrupción que devora los fondos públicos. Pero el discurso simplista de quienes desde la democracia pretenden socavar las instituciones, es inaceptable.

Como no se puede aceptar que bajo la sombrilla de las protestas ciudadanas legítimas se permita o se tolere la presencia de los anti–sistema que disfrutan con el destrozo del mobiliario urbano y que sin rubor alguno se dedican al pillaje. Falta un contundente rechazo de quienes desean protestar de manera pacífica frente a los actos de vandalismo.

Los hechos demuestran que Colombia está mucho mejor que aquel nefasto régimen que pintan los promotores del paro. Nuestra economía crecerá por encima del 3% este año. Un informe del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (Pnud) indica que en 2018 Colombia obtuvo el mayor puntaje en el Índice de Desarrollo Humano en 28 años. “Todo desorden no es más que la voluntad de un nuevo orden”, dijo Jean–Paul Sartre. Los que protestan deben saber que jamás pueden ser exitosos en medio del desorden.

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