Tremendo

Tremendo

Octubre 31, 2018 - 11:40 p.m. Por: Jorge Restrepo Potes

El único vocablo terminado en ‘ista’ que he cargado en mi vida política es el de ‘llerista’, pues tuve por Carlos Lleras Restrepo una mezcla de admiración, vasallaje y cariño al reconocer que fue el jefe liberal que le puso el pecho a la brisa en los duros años de la Violencia, y que tuvo que exiliarse en México luego del criminal asalto a su residencia el 6 de septiembre de 1952.

Lo anterior sirve para decir que no soy ‘santista’, entre otras razones porque Juan Manuel Santos no ejerció su Gobierno con el aval liberal, pero supo respetar el partido y lo sacó de la sala de cuidados intensivos en la que lo tenía recluido el régimen de Álvaro Uribe, que pretendió hacer desaparecer a una colectividad que fue la suya en el pasado.

No soy, repito, ‘santista’, pero guardo gratitud por el expresidente, no solo por su conducta con el liberalismo, sino porque jugó su prestigio para desmovilizar a las Farc y suscribir con ellas un acuerdo, que si no es perfecto, dejó una Colombia con un actor menos del conflicto.

Santos ha tenido que soportar, durante su mandato, y ahora como expresidente, los más feroces ataques del uribismo, desde luego dictados por el ‘Supremo’, pues en ese collado no crecen las plantas sin el agua que riega Uribe, que más que agua es un tóxico que envenena las almas hasta de los menos belicosos de sus laderos.

En estos días, acepté invitación a una tenida con amigos a los que quiero por trimestres anticipados. No había terminado de saludar a los anfitriones cuando uno de los caballeros, con su tersa voz de noble castellano, me soltó esta pregunta: “¿Dónde anda el bandido?”.

Creí que se refería a ‘Guacho’, y le respondí que Duque asegura que se le acabó la guachafita y que pronto le darían de baja o lo llevarían ante los jueces. El gentilhombre ripostó: “No. No es ‘Guacho’ al que me refiero. Es Santos”.

Con mis precarios conocimientos en asuntos penales, le dije que si tenía prueba del bandidaje de Santos lo acusara ante autoridad competente, pues de lo contrario podría incurrir en omisión de denuncia.

Ahí saltó una dama que exclamó: “Al presupuesto nacional que Santos le dejó a Duque, le faltan 14 billones”, que por el tono, ella deducía que el expresidente tiene esa platica en algún paraíso fiscal. Cuando quise argumentar sobre el déficit presupuestal, brincó otro circunstante con estas perlas:

“Es que Santos no es confiable. Compró el Premio Nobel de Paz, y cuando se supo del torcido, una de las académicas noruegas se suicidó para no comparecer ante la justicia”.

¿De dónde sacaste esa atrocidad?, balbuceé. Sin temblarle la voz sentenció: “Lo dijo la BBC de Londres y también dijo que Santos tiene un documento que garantiza para él el 50 % del tesoro que se recobre del galeón San José”. Esa calumnia no es propia de la emisora británica, pensé.

Yo no podía creer que gente de esa dimensión cultural y social tuviera la capacidad de verter tanta infamia sobre Juan Manuel Santos, que ningún perjuicio les ha causado.

Pensé que estaba en el lugar equivocado y que en vez de un coloquio amistoso me hallaba en un convite en ‘Guacharacas’, la finca de los hermanos Uribe Vélez, que danzaban frenéticos alrededor de la hoguera en la que quemaban una infografía de Santos. Fernando Londoño, con un fuelle, avivaba el fuego. Entré en pánico, me encomendé a los doce apóstoles, y salí corriendo. Esa noche tomé doble dosis de valeriana.

Tremendo abismo en el que cayó Colombia. Tremendo.

VER COMENTARIOS
Columnistas